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sábado, 17 de diciembre de 2016

LAS CAUSAS PERDIDAS

De esa noche recuerdo que hacía calor dentro y llovía fuera. Recuerdo que él estaba muy borracho y yo muy sobria. El pub estaba abarrotado y no hacíamos más que cruzarlo de punta a punta, una y otra vez, como si buscáramos algo, como si no encontráramos nuestro sitio. Él me cogía de la mano para que no me quedase atrás entre la multitud pero había demasiada gente alegre allí dentro y nuestro interior se parecía más a un pozo sin fondo, a un lugar vacío e inhóspito.

Recuerdo que dije algo así como: — Vámonos a casa. El sol está a punto de salir. De camino a casa él iba tambaleándose de un lado a otro de la calle. La calle estaba mojada y sentí miedo de que tropezase o se escurriese y cayese al suelo. Yo no hubiera tenido fuerza suficiente para levantarlo. Entonces dije: —Me gusta verte tan feliz. Me gusta que estés en armonía con la gente. Él se detuvo, se puso serio y me miró: — ¿Sólo soy maravilloso cuando estoy muy borracho? Y soltó una risa irónica.


Por fin introduje la llave en la cerradura, esta cedió y yo solté un “Home, sweet home” que me salió del alma. En la cocina acercó tanto su cara a la mía que pude oler su aliento a alcohol. Me dijo entrecerrando los ojos: — Brindemos por las causas perdidas. Y entonces me ofreció la botella.  Posé mis labios donde estuvieron los suyos unos segundos antes. Me di cuenta que a él le gustaban tanto las metáforas como a mí y dijo: “Brindemos por las causas perdidas” cuando en realidad lo que quería decir era: “Lo nuestro es imposible”.

jueves, 8 de diciembre de 2016

PREGÚNTALE AL MAR

“Sellarán pasaportes,
devolverán preguntas.

¿Cuál fue nuestra guerra?
¿A cuántos pudimos salvar?
¿A quién debimos echar de menos un domingo por la tarde?”
EL SINDICATO DE LA DUDA. Guille Galván

PREGÚNTALE AL MAR

Voy en busca del mar,
voy en busca de un rayo de sol,
voy en busca del horizonte,
de cómo se pierde la línea del horizonte en el infinito.

Voy en busca de mirar más allá.
Voy en busca de que el mar me lama los pies.
Voy en busca de renacer,
de empezar de nuevo.

Voy en busca de las respuestas que esconde el mar.
Le pregunté al mar y él respondió:

-Perdónale. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

LA DECEPCIÓN

La decepción me sabe amarga, como una tarde de domingo. Me recuerda las cicatrices, los anhelos y las despedidas. Me huele a página en blanco, a flores de cementerio, a colirio de ojos. Me sabe a estupidez y a derrota. Me huele a pegamento del barato, del que lo pega todo y luego no pega nada. Me desalienta, me hunde, me embriaga como un perfume barato. Como el perfume barato que uso. Me recuerda los días de viento. Me sabe a pasado negro y a futuro vacío. Me entristece. Me fustiga. Me amarga. Me mancha. Me hiere. Me mata lentamente. Acaba con mi más preciado tesoro, mi sonrisa. Me llena de desasosiego. Me hace planteármelo todo desde una perspectiva perversa. Me vacía de ilusión. Me ennegrece. Me detiene en la frontera. Es más, hace que piense que hay una frontera. Me sabe a agua salada. Me hace olvidar la magia que sé que existe y que tantas veces he tocado con la punta de los dedos. Me lastima. Me pulveriza. Me convierte en ceniza. Me hace callar. Me habla en susurros. Se me mete dentro con la intención de destruirlo todo. Me coloniza como un monstruo que duerme en mí y cobra vida. Me maltrata y me araña. Y todo porque yo la dejo entrar. No sé por dónde se mete pero se mete muy adentro, en mis entrañas. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

EN AQUELLA ÉPOCA

En aquella época estábamos vivos pero no sabíamos que existíamos. En aquella época éramos libres, tan libres y tan vivos como sólo lo son los ríos, el mar o los pájaros. Las noticias nunca nos estropeaban el día. Lo más que veíamos eran los Simpsons o algunos animales salvajes de algún documental. Tan salvajes como nosotros, como nuestra libertad o como el mar; tan salvajes como nuestra felicidad.

En aquella época el salón era un hervidero de gente que iba y venía. Gente de paso. Transeúntes de nuestras vidas.  Los libros nos crecían por las piernas y trepaban como enredaderas cubriendo toda la casa. Llegaban a nosotros sin saber cómo. El trasiego de gente y de libros era algo habitual en nuestro salón junto con las fieras de los documentales.

En aquella época las confidencias a altas horas de la madrugada eran habituales; tan habituales como el jengibre, el limón y el cilantro en nuestro frigorífico. Cada día improvisábamos una nueva receta y hacíamos competiciones culinarias. Ni en el Bulli se comía mejor que en nuestra casa.

Hablábamos dos idiomas y nos entendíamos en el idioma universal de las emociones. Reíamos cada tres palabras y la cuarta era una ironía para hacer saltar la risa. Hicimos de esa casa algo parecido a un hogar ocupado por desconocidos que compartían la comida, experiencias, risas, confidencias y palabras en dos idiomas. Un extraño hogar; sin niños, sin padre y madre.

En aquella época las primeras palabras que escuchaba al levantarme eran: ¿Estás bien? Y claro que lo estaba, nunca he estado mejor en mi vida. Yo escribía sin parar. Todo era motivo de inspiración. Reciclábamos el plástico, los tapones, el vidrio, el papel y creo que hasta estuvimos a punto de crear la patente de reciclar el aire que respirábamos. La casa siempre olía a incienso, un olor que hacía juego con los cubresofás de motivos hindúes del salón.

En aquella época el lunes era una fiesta y el miércoles también. No teníamos que esperar al fin de semana. Hablábamos de literatura, de metafísica, de Dios y de las extrañas costumbres de los hombres del mundo al que no pertenecíamos, disidentes como éramos. Una vez por semana nuestra casa se convertía como por arte de magia en local de ensayo de una banda y disfrutábamos de música en directo y patatas fritas. Música. Si algo no faltaba en aquella casa era la música. Ritmos latinos, indies y punkis. Mucho rock. Pura diversidad que rezumaba por toda la casa.

Era extraño que escucháramos el mar estando tan lejos de la playa, pero os juro que el ruido de los motores de los coches que pasaban por la calle era como el de las olas del mar al ir a morir a la orilla. Compartíamos la casa con un felino que cazaba mientras todos dormíamos. Cuando llegamos teníamos el corazón roto y a base de jengibre y cilantro fue cicatrizando.

En aquella época me daba la sensación que vivíamos en un equilibrio inestable; que con cualquiera mínima alteración a nuestro alrededor todo se iría al traste. Yo sabía que esto no podía durar eternamente pero me aferraba al presente como a un madero en mitad de un Tsunami. Supongo que éramos felices pero no sabría decirte si éramos conscientes de ello.


martes, 26 de julio de 2016

UN OCÉANO INSALVABLE

Un océano los separaba. Una brecha insalvable. Un precipicio que Ella no se atrevía a saltar. Miraban la misma luna de plácida redondez con la misma fascinación desde distintos continentes.  Años luz distaban las estrellas que tintineaban en el cielo infinito. 9.795 kilómetros y siete horas de diferencia horaria los mantenía a cada uno en las antípodas del otro.

Ella se conformaba con la poca información que tenía de Él. En sus fotos de perfil podía observarlo como una voyeur. En su foto junto al mar Ella podía oler la sal y notar la brisa marina. En su instantánea con la guitarra escuchaba el rasgueo de sus dedos contra las cuerdas. Podía incluso saborear el mate  que Él paladeaba en medio de aquella naturaleza salvaje del otro lado del mundo.


Y en aquella foto en la que saltaba con júbilo entre dos montañas podía sentir como Él le pedía que saltase. Que no mirase hacia atrás y saltase de una vez ese océano  que los separaba. Que se zambullese en la locura de ir a su encuentro. Desde aquella foto de perfil Ella notaba como le susurraba: - No tengas miedo. El miedo te paraliza y te engulle lentamente. 

domingo, 26 de junio de 2016

TU HOGAR

Hacer de cualquier lugar tu hogar no es tarea fácil. No basta con pagar puntualmente la hipoteca o hacer la pertinente transferencia a tu casero. No sólo hay que mediar con notarios y contratos de arrendamiento, amén de lidiar con inmobiliarias o cualquier otra transacción. No. No basta.
Hay que limpiar la suciedad que se acumula en el inalcanzable fondo del cubo de la basura. Utilizar ambientador con olor a flores silvestres que no sea de marca blanca, que haga que pasar de la cocina al salón sea como dar un paseo por los bosques de Irati.

Hay que colgar fotos, láminas o posters en sus paredes que te recuerden quién eres o por dónde has paseado tu vida. Hay que llenar los anaqueles de libros, a ser posible cada uno de su padre y de su madre, comprados en diferentes librerías,  leídos, subrayados y manoseados.

Hay que hacer bien las camas, estirar las sábanas con olor a suavizante para que no quede ni una arruga. Hay que llenar el armarito de la cocina de especias como jengibre, cúrcuma, curry, pimentón picante y albahaca. Y como colofón  poner una rosa en el salón, comprada una noche de marcha por las cuatro calles, que esas tienen más solera.


Si haces un esfuerzo por cumplir todos estos pasos religiosamente  quizá consigas tomar tu hogar e invadirlo de tu esencia. Y cuando tu casa sea visitada parecerá que tus huéspedes te conocen de toda la vida o al menos los impregnarás un poco del perfume de tu alma.  

jueves, 9 de junio de 2016

LA TRIBU DORHAKI

“Soy de una tribu nómada que viaja a través de un desierto cuya frontera es la frontera del mundo.”
Amin Maalouf
LA TRIBU DORHAKI
Éramos de la tribu Dorhaki. Nuestra reina era la reina Calexis. Una guapa dama con el pelo color sol. El desierto se hacía eterno por delante y por detrás. Mis sandalias y mis cabellos iban cubiertos de polvo. Había más de tres mil guerreros Dorhaki. Azules. Rojos. Naranjas. Amarillos. Yo era una simple esclava.
Había más de tres mil guerreros Dorhaki. Con trenzas, con botas y con corazas en el pecho. Tú eras uno de ellos. Pero igual a todos. No podía distinguirte del resto. En algún momento del largo viaje por el desierto dejaste de ser especial. El desierto se tragó la magia que te envolvía. Tu pelo ya era como el de todos, tu barba no se diferenciaba del resto, tu coraza en el pecho no tenía ninguna insignia especial. Y, lo peor de todo, en tu mente anidaban los mismos pensamientos retrógrados que en la mente de los demás guerreros Dorhaki.
Esta pobre esclava arrastraba un cesto lleno de pieles para resguardarse de las frías noches. Y era igual al resto de esclavas. Ni más alta, ni más guapa, ni más sucia, ni más polvorienta, ni especial. Con una mente diferente que tú no supiste descifrar. Ni yo llegaré nunca a ser reina Dorhaki ni tú pasarás de ser un simple guerrero. Éramos de la misma tribu pero de diferente casta. 
Soy de una tribu nómada que cruza el desierto bajo un sol abrasador y tú eras un guerrero Dorhaki más. Un simple eslabón de la cadena.

sábado, 17 de mayo de 2014

DUELO

Se han quedado a solas
todos los portales de Cicely.
Y todos los ojos detrás de las ventanas,
se han cerrado para siempre.
Se ha quedado sola la luna,
las estrellas, los cubos de basura,
las farolas, los bancos y hasta los gatos noctámbulos.
Se han quedado mudos los apuntadores,
los invitados a la fiesta, los espectadores
y hasta los vigías.
Se ha muerto algo dentro
y he sido feliz en su entierro.
He hecho duelo, migas y
he limpiado el polvo a todos los libros de mi casa.
Luego me he echado la siesta
y ha resucitado otra.
Nueva, limpia, en paz, libre, emancipada, sin miedos y …
muy, muy feliz ;-)




sábado, 19 de abril de 2014

PEQUEÑOS DELITOS

Hay un placer mundano en hacer algo prohibido. Dicen por ahí que lo lícito no me es grato y lo prohibido excita mi deseo. Hay algo provocador y atrayente en hacer algo prohibido. Como cuando éramos niños y cogíamos una silla para alcanzar las golosinas del estante más alto, a escondidas. Todos los adultos fuimos niños y quizá nos quede remanente ese sentimiento de ser furtivos. Es excitante fumarse un cigarro en un sitio en el que está prohibido. Es electrizante colarse en una fiesta privada, echar fotos donde está prohibido, bailar donde no se puede o no está bien visto. Cruzar con el semáforo en rojo. Meter cervezas de un pub en otro ante la inocente pasividad del portero, ajeno a nuestra travesura. Enseñar la tarjeta de estudiante para que te hagan descuento para entrar en  los museos, cuando hace ya mucho que no eres estudiante de ninguna universidad. Bañarte en la piscina comunitaria cuando no hay nadie, a altas horas de la madrugada. Hay un placer clandestino en hacer esas inocentes travesuras. Quizá haya una explicación científica para esto. Para casi todo lo hay. Quizá sea la adrenalina. La culpa de todo no la tiene Yoko Ono. La tienen las hormonas. 

lunes, 14 de abril de 2014

MILAGROS

Decía Einstein (un tío muy listo, físico, y para mí también filósofo), pues bien, decía: “Hay dos maneras de vivir la vida: como si todo fuese un milagro o como si nada fuese un milagro”. Y esta pequeña frase encierra mucha sabiduría. Todos los filósofos desde hace dos mil años hablan de la felicidad. Desde Epicuro hasta John Lennon. A todos les preocupa lo mismo. ¿Qué otra cosa le puede importar al hombre? A mí me obsesiona el tema desde siempre. He leído millones de libros de autoayuda, psicología y filosofía. He observado con fruición a todas las personas que son felices (para aprender de ellas) y a las que no lo son (para no ser como ellas). He investigado sobre el tema en cuestión porque me parece fascinante. Y he sacado mis propias conclusiones. No sé si ciertas o no. A mí me sirven. Cuando uno vive la vida como un milagro, cuando uno piensa que es un milagro el café con leche de por la mañana, las cosas se viven diferentes. Porque es un milagro una comida sabrosa, un paseo en bici, la sonrisa cómplice de tu sobrino. Es un milagro una conversación interesante, el beso de buenas noches a tu padre. Es un milagro la luna llena una vez cada veintiocho días. Es un milagro poder bailar. Es un milagro escuchar una canción que te hace vibrar de emoción. Es un milagro tu pijama y tu camita cuando estás tan casada. Es un milagro disfrutar de tu actor favorito en una película, tomarte una cerveza con tus amigos. Es un milagro recibir una sorpresa o un regalo. Es un milagro que la Tierra de una vuelta cada día. Es un milagro que el sol salga todos los días. Es un milagro abrir los ojos por la mañana y saber que sigues vivo. Yo no dudo ni por un momento que es un milagro. Y quien sepa apreciar estas pequeñas cosas será feliz. Porque eso es la vida, pequeños momentos que saborear, pequeñas gustos que te sabes dar diariamente. Nada más. No espero ningún milagro porque el milagro sucede cada día. Eso es la felicidad. Por lo menos para mí. 

miércoles, 9 de abril de 2014

EL BAJO

Vivo en un bajo con los consecuentes inconvenientes que eso acarrea. Han robado varias veces. De una manera cutre. Nada de bandas organizadas de rumanos que asaltan chalés de lujo. Que va. Mi casa es de lo más humilde. Casi no hay cosas de valor. Ni la tele es de pantalla plana. Los muebles tienen mil años. Los cuadros son de los chinos. Baratijas. Mi ordenador tiene siete años y el ventilador hace el mismo ruido que un avión cuando va a despegar. Nada de valor, ya te digo. Pero aún así han intentado robar varias veces. Ladrones de lo más vulgar. Gente que pasa por la calle, ve una ventana abierta y mira dentro a ver si hay algo de valor. Ladrones de poca monta. Los abogados lo llaman hurto; yo, que tengo una prodigiosa moral, lo llamo robar. Enamorarse de lo ajeno. Tengo que tener mucho cuidado en no dejar cosas cerca de la ventana, que es donde está el escritorio. Pero aún así no me fio. Como fumo tengo que ventilar la habitación y eso conlleva dejar la ventana abierta cuando no estoy. Una rejilla. Ya sé que hay rejas pero y si…
                De camino a comprar el pan me asalta la duda. Y si ellos, los que se enamoran de lo ajeno, suben la persiana un poco, lo justo para meter algún objeto largo, un palo o un alambre, y valiéndose de él intentan pescar mis humildes pertenencias. Mis gafas de sol que me regalaron con una revista, mi móvil, o el portátil. O lo que es aún peor, y si me roban el último libro de Murakami que me estoy leyendo y está en la mesita, y ya nunca sabré como termina. Qué horror. Veo las imágenes del hurto en mi casa tan nítidas que creo que ha sucedido en alguna película que he visto. Pero sólo ha sucedido en mi imaginación. O no.
                Me ha entrado el pavor. Me vuelvo a medio camino, sin llegar a la panadería. No puedo andar ni un centímetro más alejándome de mi casa. Lo primero que hago es ir directamente a la ventana para asegurarme de pillarlos infraganti. Pero sólo hay unos niños jugando cerca de la ventana con un balón. Inocentemente y ajenos a mis malos presagios. Entro en la habitación. Todo está en su sitio. Respiro aliviada. Mi paz dura poco. Oigo un grito. Debe ser mi compañera de piso. Me acerco corriendo a su habitación. Está muy alterada. Cabrones, repite una y otra vez. A mí no me han robado pero a ella sí. Un cargador que vale cinco euros, una crema de manos del Mercadona, euro y medio el bote, y un pen drive que valdrá cuatro euros. Total del valor en euros que han sustraído: diez euros y medio. Arriesgarse para eso.

                Pienso en otras desventajas de vivir en un bajo, como las humedades de las paredes, la poca luz, o la falta de intimidad y empiezo a pensar que quizá debería mudarme a un piso más alto donde no tenga esos inconvenientes. Pero, de alguna manera, me siento unida a ese piso. A los rezumaderos de sus paredes, a sus oscuras cortinas, a tener todo el día la luz encendida. Algo sobrenatural y todopoderoso me obliga a seguir en él, sufriendo esas calamidades. Algo que escapa a mi razonamiento lógico, a mis entendederas. Como si alguien me hubiese embrujado. Como si ese piso tuviese vida propia y quisiera atraparme. De pronto, me pregunto si tendrán algo que ver los niños que juegan inocentemente al balón. 

lunes, 31 de marzo de 2014

EL BARRIO DEL VOLCÁN

Enciendo un cigarrillo mientras voy camino de la Farmacia. Me encuentro a mucha gente paseando solos a su perro. Cuando llego a la Farmacia me paro en la puerta a darle las últimas caladas al cigarro. Entra una pareja, que en el hipotético caso de que yo no fuera fumadora, irían detrás de mí pero la realidad es que van antes. Tiro la colilla y entro. La farmacéutica atiende a la pareja. La mujer está gorda. Yo creo, así, a ojo avizor, y en estas cosas me equivoco poco, que le sobran veinte o treinta kilos. La mujer gorda pregunta a la farmacéutica por las barritas Biomanán que están de oferta y elige como ocho, de diferentes sabores y estanterías. El hombre la abraza en actitud cariñosa, como si nadie los observase, y luego pasea por los expositores sin disimular su desinterés. El hombre está casi calvo y tiene cara de bobalicón y, aunque él no está gordo, tiene el cuerpo fofo de toda una vida sedentaria. Me imagino a la gorda y al calvo atiborrándose a caras barritas Biomanán de Farmacia, de chocolate, de vainilla, de frutos rojos. Me imagino su ingenuidad, creyendo a pie juntillas, que no engordarán un gramo sustituyendo la cena por las barritas Biomanán. Me imagino como sus cuerpos transformarán todos los azúcares en grasas, que nunca quemarán, sentados cómodamente en el sofá de su casa.
                Sale otra farmacéutica  de la rebotica mientras le están cobrando a ellos y me atiende. Una caja de Dormidina, por favor. La pareja se vuelve al unísono hacia mí  y me miran con mezcla de compasión y perplejidad. La farmacéutica se adentra, otra vez, en el submundo de la rebotica a la caza y captura de mi Dormidina. Mientras, me entretengo mirándome en el espejo de los expositores de los cosméticos. Llevo unos legins negros y las piernas se ven torneadas, atléticas y delgadas. Hago deporte tres veces por semana. Llevo una dieta rica en fibras, verdura y fruta. Pero a pesar de todo no puedo dormir. La gorda tiene treinta kilos de más pero tiene el amor. Yo estoy en mi peso ideal pero no tengo pareja ni nadie con quién atiborrarme a barritas Biomanán de Farmacia, repantingada en el sofá. La farmacéutica vuelve con las pastillas. Me las entrega y, por ser una Farmacia veinticuatro horas, para casos desesperados como el de la gorda o el mío, me cobra el veinte por ciento más. Le digo que no me de bolsa. Nunca entendí como pueden dispensar esas bolsas tan pequeñas, que luego no sirven para nada, y que van directamente a la basura,  a contaminar, y para algo que cabe en el bolso.  La gorda y yo salimos casi a la vez, tan contentas, con nuestra dosis de felicidad dispensada en Farmacias.

                Me vuelvo a casa pensando en la gorda y me paro a  comprar tabaco, donde se me cae un euro al suelo y dos hombres, que estaban muy pendientes, se agachan rápida y solícitamente a recogérmelo. De camino a casa me encuentro con un repartidor de pizza que le entrega el cambio a un hombre en pijama y babuchas, en su portal. También me encuentro dos botas de montaña viejas, abandonadas en la acera. Me digo a mi misma qué melancólicos son los domingos para todos y que cada uno los combate a su manera, pero que todos vivimos en el barrio del volcán. Me digo a mi misma qué distinto se ve todo con la falta de sueño. Mágico, fantasmagóricamente inquietante. Me tomo media Dormidina y me meto en la cama. Me olvido de la gorda, del calvo y del hombre en pijama y mi manía de espiar la realidad bajo otro prisma. Lo último que escucho son los Beatles susurrándome “leaving is easy with eyes closed”.

sábado, 25 de enero de 2014

CORTÁZAR

Caí en la cuenta de que era el centenario del nacimiento de Cortázar allí, en aquella extraña casa. ¿Cómo no lo había escuchado antes? ¿En qué estaría pensando? Es Cortázar. El mejor. Y ahora, un día después, caigo en la cuenta de otra cosa, para mi perplejidad. En aquel baño, entre ropa sucia, yacía en el suelo una novela de Benito Pérez Galdós. Y yo me pregunto si es una casualidad o si leo las señales o si veo gigantes donde sólo hay molinos. El caso es que en el capítulo treinta y cuatro de Rayuela (un capítulo nada común, un juego de Cortázar) dice: “Y las cosas que lee, una novela mal escrita…” y lo alterna con un capítulo de dicha novela de Galdós.  Y yo me pregunto si todo no me lleva a él. A Cortázar. Y si todos los capítulos de mi vida sólo son capítulos de Rayuela. Y dónde estará Horacio.

DESPISTES

El autobús se toma las curvas con suavidad. Hay una fila de coches parados delante en un semáforo. Los miro detenidamente. Hay algo nuevo en ellos. Algo que descubro con extrañeza. ¿Será posible? Todos llevan unas luces en la parte alta de la parte de atrás. Una fina línea de luces. Están todas encendidas. Todas se apagan de golpe como si alguien le hubiera dado a un resorte. Me parecen unas luces extrañas, que nunca han estado ahí. Pero deben de haber estado siempre y yo no las había visto. Caigo en la cuenta de mi despiste. ¿Cómo no me habré dado cuenta antes? ¿Será posible? Cuantas cosas estarán ahí y yo soy incapaz de verlas. 

COMO UN MARTILLO EN LA PARED

“La historia se repite una y otra vez, como un martillo en la pared”.
Ya no duele. Dejó de doler hace mucho tiempo. Escuece, si acaso, pero dolor no. Ya no lloro, es como un vacío dentro, pero llorar, lo que se dice llorar, no. Las cerillas fueron apagándose una tras otra hasta que me quedé en una total oscuridad. En mi defensa puedo decir que no me gusta dormir sola. No es una excusa. Es mi debilidad dormir abrazada al calor de un cuerpo. Ya sé que no es una buena excusa. Pero disparaste antes, y la culpa es sólo mía. Fui yo la que te regaló el arma. Vuelvo a la calle de los gatos de los contenedores. Allí todo está en calma y nadie va armado.

“Vacía el cargador, una y otra vez, como un martillo en la pared”

jueves, 23 de enero de 2014

RECURSOS

Recursos, aplicado al mundo de la enseñanza, o mejor llamados, recursos didácticos, son aquellos materiales que utiliza el profesor para conseguir sus fines, o sea, el aprendizaje de sus alumnos. Estos suelen ser: libros, esquemas, transparencias y diapositivas (obsoleto), medios audiovisuales (muy en alza), blog educativo, páginas webs, periódicos y revistas, etc.
Ahora bien, en mi vida práctica, cuando las cosas van mal, cuando no van como esperas que fueran, cuando recibes un vaivén de la vida, una bofetada en el carrillo del alma, un bufido de quien no te esperas o una palabra que te hiere allá, muy en el fondo, en esos casos extremos, (y, a veces, más usuales de la cuenta) me voy a mi caverna de ermitaño, donde busco un botiquín especial que tengo en un lugar que sólo yo conozco. En el botiquín hay música (para casos extremos), libros ( para casos desesperados), papel y boli (para vomitar los demonios que llevo dentro), guitarra (para aporrearla con todas mis fuerzas), chocolate, (antidepresivo natural que calma mi ansiedad) mi blog (para saber que no es todo así siempre) mi facebook (para regodearme con todos esos “me gusta”)teléfono (para contactar con amig@s que me escuchen y aconsejen y con los que desahogarme), tabaco (un paquete o más, un cigarrillo en ese estado es agua bendita)

Si, huyo. Busco mis recursos en la soledad. No hay otra manera. Yo no la conozco si la hay. Mi caverna es un lugar mágico que sólo yo conozco, donde hay un botiquín con tiritas para colocarlas en el alma.  Como dice Xio: cada uno tiene sus propios recursos para sobrevivir. ;-)

miércoles, 22 de enero de 2014

CADÁVERES EN MI MALETERO

La gente se cansa. Se cansa de lo mismo, de repetir todos los días los mismos mecánicos actos, de las mismas personas. La novedad no se puede renovar para ellos. Por eso dejo de ser interesante al cuarto día. Y lo que al principio era una muestra de interés, acaba en dejadez, en esquiva desidia. La desidia que sigue al interés de los primeros días, de la novedad. A mí, por otro lado, no me pilla ya de nuevas. Demasiados cadáveres han probado el maletero de mi deportivo rojo. 

PENSAMIENTO ANTAGÓNICO

No sé si son las leyes de Murphi, algún maleficio cósmico o algo esotérico que está más allá de nuestro entendimiento o de las leyes de la Tierra. Mis pensamientos sobre algo que va a acaecer (no tiene que ser nada trascendental, son cosas cotidianas) suelen ser antagónicos a la realidad. Si suena el whasapp y creo que es mi primo, pues luego es mi hermana. Si pienso que alguien se va a enfadar conmigo por algo que he hecho, entonces no se enfada y cuando pienso que no se va a enfadar, entonces, para mi sorpresa, se enfada. Si pienso que va a estar cerrada la panadería, entonces está abierta.  Si pienso que algo me va a costar muy caro, entonces vale muy barato. Y así sucesivamente se suceden los pensamientos que no se cumplen. Le he hecho un boicot a esta ley y ahora cuando me viene un pensamiento sobre algo, trato de obligarme a pensar lo contrario de lo que quiero, para que la realidad me obsequie con lo que quiero. 

lunes, 20 de enero de 2014

EXPLOSIÓN POR SIMPATÍA

Por estar en el lugar adecuado y en el momento justo escuché una frase que me parece digna de una poesía. Explosión por simpatía. Que yo no sé si es que los cohetes se contagian unos a otros como una pandemia, o que la pólvora es simpática con los de su misma condición. Que para pólvora, Fiñana en San Sebas. Para simpatía la de los fiñaneros en San Sebas. Y para explosión, el encierro. No nos falta ni la Kale Borroka tirando cohetes al suelo ni la Zorra enharinándonos a todos. Todo a bajo cero. Al día siguiente parece que hubiera habido una guerra en la que todo el mundo era feliz. Benditas guerras si fueran como ésta, que asuela  Fiñana los veinte de enero. Bendito vino, benditas rosas, benditos gorros, benditos borrachos. Bendita pandemia de alegría. Benditos niños, que coleccionan cañas como tesoros y limpian el pueblo en un  acto de reciclaje espontáneo, que deberían subvencionar. Bendito San Sebas y San Antón. 

domingo, 19 de enero de 2014

EL ABRIGO

Dedicado a Julio Cortázar.

Cuando te regalan un abrigo por Reyes también te regalan el miedo a perderlo, a que le caiga un cubata, a que te lo roben, a que acabe en el suelo de algún pub. Te regalan la manía de compararlo con otros abrigos, también de paño, negros, austeros, sobrios. La manía de mirar el precio, en las tiendas, de otros abrigos. El mío es mejor, más barato y de mejor calidad. O me han timado, mira que ganga, tenía que haber mirado mejor. Te regalan la necesidad de lavarlo a mano al principio por si destiñe o se estropea pronto. Te regalan el hecho, casual y posible,  de poder confundirlo con otro abrigo y llevarte el que no es tuyo. Y menudo fraude. Te regalan los  diecisiete segundos que pierdes en abrochar sus nueve botones. En total, treinta y cuatro abrochar y desabrochar. Cuatro o cinco veces al día. Calcula. Llegados a este punto nos damos cuenta de que el abrigo no es tu regalo de Reyes sino que tu eres el regalo para el abrigo en sus Reyes.