sábado, 5 de enero de 2008

COSAS PARA HACER EN OTRA VIDA ANTES QUE SE ME OLVIDE COMO EN ÉSTA


-Secuestra a alguien y hazlo feliz.
Enrique Falcón

COSAS PARA HACER EN OTRA VIDA
ANTES QUE SE ME OLVIDE COMO EN ÉSTA


Ir a un concierto de los Beatles
antes de que se mueran.
Pasarnos toda una tarde mirándonos a los ojos,
para ver si descubrimos algo nuevo.
Contar paso a paso y reconocer
todas las baldosas de nuestra calle.
Escuchar y traducir todas las canciones
de grupos nacionales.
Comparar el tamaño de nuestros pies
con el de nuestras bocas.
Medir con bocas todos nuestros recuerdos.
¿Cuantas bocas hace que no te veo?
Hacer esculturas de escayola
que dejarán toda la casa cubierta de polvo blanco,
encubriendo nuestro nebuloso pasado;
para luego dejar nuestras iniciales
escritas por cada uno de los muebles.
Esculturas que luego, seguramente,
irán a morir a cualquier sótano,
a cualquier buhardilla,
para volver a cubrirse de polvo.
Intentar mantener fumados
una conversación vulgar.
Intentar enderezar algunos clavos oxidados
en memoria de Cortázar.
Aprender a tolerar la presencia necesaria
de los perros rabiosos,
en tu caso, de los mosquitos rabiosos.
Tener más paciencia con el insomnio,
aprender a dominarlo.
Domesticar y amaestrar
perros y palabras.
Hacerle un entierro digno
a nuestra gata Matilde.
Discutir todo un día sobre la forma y uso
de cierta palabra,
su aplicación y aparición.
Poner ejemplos.
Quedarnos, sentados y agarrados de la mano,
viendo una puesta de sol sobre el río.
Acostarnos a las ocho de la mañana,
reventados de dar vueltas en círculo toda la noche.
Curarme el miedo a las personas,
con la ayuda de Pessoa.
Dejarle una carta anónima a la del quinto
o borrarle su sonrisa hipócrita
con un puñetazo vertical con el puño cerrado,
sobre la cabeza,
esos que tanto te gustan.
Dejarle a la vecina que lea esto,
que por fin lea algo mío.
Bailar tres horas seguidas como dos locos,
Yellow Submarine.
Cocinar una receta supercomplicada
con todos sus ingredientes.
Confeccionar entre los dos
el cuadro que encontré en la enciclopedia.
Acordarnos todos los días
de los dos millones de niños
que se mueren de hambre.
Contarnos una película,
como si realmente la estuviéramos viviendo.
Ver películas antiguas en el falso microondas.
Aprender a bailar el tango.
Montarnos en el taxi de un filósofo.
Buscar un Aleph entre las sábanas.
No discutir más sobre Cortázar,
leerlo todo el tiempo.
Pasearnos en cualquier supermercado
dentro del carrito.
No coger más de cien por hora.
No tener otra obligación que ser nosotros mismos,
por lo menos un día entero.
Descubrir todo lo que odiamos.
Intercambiarnos un día los papeles,
ser tú yo, y yo tú.
Dejarnos cada noche
una carta bajo la almohada.
Encontrar un gran desierto para nosotros solos.
Contar las estrellas en la cama,
boca arriba.
Apostar todo al mismo número.
Pasear como dos desconocidos en otra ciudad.
Hacer un teatro un día entero.
Hacernos fotos debajo del agua.
Dejar que las cosas se rebelen
en su silencio.
Escuchar el susurro de las plantas.
Pensar un día
que al siguiente nos morimos.
Llevarme a la cama en brazos.
Darle un susto a alguien
con la pistola de juguete.
Atracar, por ejemplo, un banco.
Intentar caminar siempre hacia atrás,
sobre nuestros propios pasos.
Interpretar las líneas de nuestras manos.
Tatuarnos nuestros nombres o nuestras iniciales
cada uno en la piel del otro.
Preocuparnos un día del futuro de las ballenas.
Pasarnos tres horas delante del espejo haciendo mojigatos,
buscando al yo infinito.
Tratar de averiguar nuestros antepasados.
Perpetrar un pequeño delito.
Robar un casco de la obra de un amigo.
Hablar con todos los sordos del barrio.
Curarme la ciclotimia
o dejar que se desarrolle por completo.
Pasar una tarde entera buscado
al niño de la cara llena de churretes.
Visitar a todos nuestros amigos
y regalarles el libro adecuado a cada uno.
Tratar de reír y contar algo a la vez.
Jugar a los cadáveres exquisitos
y conseguir que no se nos mueran
entre las manos.
Cocinarte algo afrodisíaco.
Mantener el equilibrio sin red,
jugando a ser funambulistas.
Hacernos fotos nuevas todos los días
y no volver a mirar las antiguas.
No guardar nada para mañana.
Ser fuertes nosotros solos,
no necesitar la ayuda del otro.
Ser uno y dos.
No querernos porque nos necesitamos,
necesitarnos porque nos queremos.
Ser cero y uno.
Pactar con el diablo un minuto más al día
para tu ración diaria de besos.

viernes, 4 de enero de 2008

ORIENTACIONES


"No puedo orientarme en las calles y en la metafísica".

Dedicado al principito y a todos aquellos que, como yo, se desorientan con gran facilidad. Parece que todo es nuevo, que es la primera vez que paso por esa calle. Que es la primera vez que visito la ciudad. Parece mentira que lleve mas de dos años viviendo en una ciudad tan pequeña. Me conozco las cuatro calles principales pa sobrevivir pero como me saques de ahí me pierdo. Parece que estoy dentro de una geometría imposible de Escher. Realmente increible. Hay gente que nació con un gps incorporado. No me lo explico. Lo mío no tiene arreglo. Cuando voy con el principito y veo que a él le pasa lo mismo me siento aliviada. Por lo menos no soy la única que se pierde. Y si voy a una ciudad nueva ni te cuento. No me separo del plano. Supongo que lo que nos pasa es que somos despitados. Vamos pensando en nuestras cosas, escuchando música, hablando por el móvil, conversando algo superinteresante con alguien o incluso leyendo! Y nos dejamos llevar, porque siempre hay alguien que se encarga de guiar. Como siempre hay alguien encargado de decir quien va en las colas de los consultorios médicos. Y así todo. Me alucina lo poco práctica que soy. Sin ir mas lejos, llevo unos meses que el grifo de la cocina echa agua por los lados y te pones chorreando cuando lo abres. Pues hoy llega Miguel y me dice: tienes el grifo atorado. Déjame un alfiler y te lo desatranco. Alucino con las virtudes de los demás. Y en dos minutos estaba el grifo como nuevo. Mil gracias, Miguel, que ya no me mojo cuando abro el grifo gracias a ti. Y yo que pensaba llamar al fontanero!Jaja. Hay que tomárselo a risa como todo en la vida.

ALMAS GEMELAS


“Saber esperar es difícil pero provechoso,
saber no esperar es simplemente decisivo”
Rafael Portán


Aún no ha llegado pero no tardará, el sol está aún alto.
Pensaba Mario mientras se acurrucaba en su chaqueta de lana viendo como descendía la tarde lentamente, un día más.
Como cada día, Mario buscaba el mejor sitio para divisar perfectamente el horizonte, hoy había elegido para ello una de las mejores rocas del acantilado, sin duda la mejor, pensaba Mario. Hoy habrá suerte, Mario, se decía para sí mismo animándose. Se afanaba en la elección de los lugares, tenía la certeza de que de ellos dependía mucho el éxito de su hazaña. Y justo cuando se había decidido, se acomodaba y no apartaba ni un segundo la vista de esa fina línea que separa el suelo del cielo. Mario permanecía atento a cualquier minucia, con los cinco sentidos puestos en ese delgado límite del que, estaba seguro, un día saldría la mujer de su vida. Mario la espera con devoción y puntualidad cada tarde al caer el sol.
Cuando el horizonte comienza a encenderse, como alumbrado por una linterna y a teñirse de malvas y púrpuras el mundo que Mario contempla, su corazón se desboca de impaciencia. Se frota las manos sudadas. El preciado astro acelera para ir a esconderse estrepitosamente al océano, quedándose unos instantes suspendido como un jirón de fuego entre dos mundos.
Cuando luchan las tinieblas de la noche con la cansada y pálida luz, sabiendo ésta que inevitablemente sucumbirá al duelo, en esos precisos momentos, Mario tiembla de miedo como un chiquillo, y su angustia le ata un nudo en la garganta porque sabe que su tiempo se acaba, conoce perfectamente esa sensación, la conoce y la teme como a un animal salvaje, la siente cada día temblando en su pecho y mojándole de agua salada las mejillas. Has fracasado un día más, Mario, estás cansado y viejo, y llevas demasiado tiempo esperando a alguien que nunca aparece, quizás a un fantasma, y se te va la vida en ello, Mario, se te va la poca vida que te queda con cada crepúsculo, piensa Mario abatido cuando llegan los últimos minutos del día.
Hoy tampoco vendrá, Mario, hoy tampoco.
Y Mario, como cada día, suspirará largamente con un quejido por el dolor de su pecho, se llevará el brazo a la cara y, con un ademán brusco, limpiará su rostro de los restos del naufragio con el puño de su saco de lana. De pie, divisará a lo lejos como se escapa el último rayo de luz, su última esperanza se irá a alumbrar a otros hombres, otros exóticos y distantes mundos de dónde nunca nadie vendrá. Ni ella ni nadie. A dónde nunca Mario irá. Vivirán ignorándose el uno al otro como si de un ser bicéfalo se tratara. Unidos por la espalda, tan sólo intuirán la existencia del otro, que les proporcionará el leve empujón a la espera diaria. Porque Mario sólo sabe esperar pacientemente cada día con la misma ilusión, y volverse a su casa con la misma congoja ahogándole al respirar, porque el dolor de la noche a Mario no le deja tomar oxígeno.
Hoy Mario volvió la espalda un segundo antes de aparecer una especie de mancha en la fina línea, una figura negra que parece humana. Mario se vuelve sobresaltado, como si alguien le hubiese tocado el hombro por detrás. Ya es tarde, una inmensa oscuridad lo envuelve todo. Una infinita manta de espesura negra cae de nuevo sobre su alma.
Hoy María saluda a su gato al llegar a casa, después de caer el sol, y con los ojos enrojecidos le susurra al oído:
-Hoy tampoco hubo suerte, chiquitín. Mañana seguro que sí.

ÉRAMOS DIOSES


ÉRAMOS DIOSES

Huyo de este mundo todos los días.
Huyo de él nada más abrir los ojos, por la mañana, y toparme con sus formas precisas. Huyo de él en la ducha y también mientras me tomo el café, evitando escuchar las palabras que salen de esa caja estúpida que trata de imitar al mundo, y de la que también huyo incansablemente.
Huyo del mundo mientras camino por la calle y la música de una cajita, que se adosa a mi cuerpo, me ayuda a conseguirlo. Huyo constantemente por medio de mil y una estrategias distintas, que trato de perfeccionar; pero lo más sorprendente es que no puedo salir corriendo, aunque el verbo huir deje implícita esa acción, porque es irremediable mi condena. No puedo escapar de este territorio baldío. No creo que exista otro con oxígeno, por eso me he inventado un universo paralelo, pero aquí, conviviendo con éste. Y a ese lugar huyo yo cada día, aunque para ello no tenga que salir corriendo (no siempre) Es un mundo paralelo al que, hace poco descubrí, no sólo entro yo. Lo pueblan otras almas, pero de otras formas. Esa república, de la que unos pocos somos creadores, está formada, a su vez, por muchos mundos imaginarios con ligeras diferencias originadas por las diferentes almas que le insuflan vida. Cada una de ellas construye su particular paraíso en la tierra, a modo de un pequeño dios, pero con las reglas que él mismo se inventa. Allí existen multitudes evadidas a su propio devenir, sin dictados ni leyes que no le incumben cuando provienen del exterior. Allí existe la palabra libertad. Ahora comprendo, me costó mucho, que este mundo, real y único para todos, es sólo uno entre la multitud de mundos inventados. Salió de la cabeza de uno de los pequeños dioses que pueblan esta Tierra, y su sueño fue tan intenso que se materializó. Todos formamos parte del recinto imaginario que él creó. Este pequeño dios inventó una rutina donde la gente sobrevivía pero soñaban que se evadían a otros mundos paralelos. Este mundo no es el mío.
-Mi reino no es de este mundo- dijo con una mirada tan pura y transparente que entró de lleno y conquistó todos los corazones.

COMIENZOS

Llevo toda la tarde con el blog. Es viernes y no he salido. Me parece increible. Pero esto es nuevo para mi y como todo lo nuevo sorprende y encandila. Supongo que se me pasará. Espero. Creo que me estoy enganchando a esto. Sobretodo porque pienso que mañana me voy a fiñana y voy a estar sin internet y ya me agobio. Es espeluznante como nos enganchamos a las nuevas tecnologías. Besos a todos y feliz año.

ETIQUETA LOCURA TRANSITORIA


LOCURA TRANSITORIA

“Damos la vida por lo irreal
y desatendemos lo real.
Amé a quienes no tuve
y desamé a quién quise.”
Vicente Aleixandre

MUJER ALFILETERO


A ese niño,
al que me robaron.


MUJER ALFILETERO

Cómo olvidaros a vos que te encontré,
casi por casualidad,
un día de lluvia,
cuando errante navegabas en ese mar de dudas
que es tu vida.
Cómo no recordaros
en cada palabra ajena o propia,
en cada mirada huidiza y perdida,
que nunca es la de vos,
por más que yo me empeñe.
Cómo no vivir o malvivir entre recuerdos
estos días que de vos me roban.
esos hombres grises
que te llevan de mi lado.
Tu ausencia se convierte en alfileres
en cada silla, en la cama;
se me clavan por descuido
en cada gesto cotidiano.
Hasta me he tragado alguno,
envuelto en el café taciturno.

Si algún día escapas de los hombres grises,
llenaremos la casa de almohadas
para que no nos pinche nada.
Mientras tanto sobrevivo en este hogar
de aceros afilados agazapados entre objetos
inofensivos.