Desde hace mucho tiempo, existe una inmensa secta de imbéciles que oponen sensualidad e inteligencia. Es un círculo vicioso: se privan de placeres para exaltar sus capacidades intelectuales, lo cual sólo contribuye a empobrecerles. Se convierten en seres cada vez mas estúpidos, y eso les reconforta en su convicción de ser brillantes, ya que no se ha inventado nada mejor que la estupidez para creerse inteligente.
El deleite, en cambio, nos hace humildes y admirativos con lo que lo produce, el placer despierta la mente y la empuja tanto hacia la virtuosidad como hacia la profundidad. Se trata de una magia tan potente que, a falta de voluptuosidad, la sola idea de voluptuosidad resulta suficiente. Mientras existe esta noción, el ser está a salvo. Pero la frigidez triunfante está condenada a celebrar su propia insustancialidad.
Uno se cruza a veces con gente que, en voz alta y fuerte, presume de haberse privado de tal o cual delicia durante veinticinco años. También conocemos a fantásticos idiotas que se alaban por el hecho de no haber escuchado jamás música, por no haber abierto nunca un libro o no haber ido nunca al cine. También están los que esperan suscitar admiración por su absoluta castidad. Alguna vanidad tienen que sacar de todo eso: es la única alegría que tendrán en la vida.
Amelie Nothomb
Bienvenidos a esta humilde morada. Aquí encontrareis poesía, cuentos, citas, reflexiones y pensamientos de Teresa Lao y de otros autores, interesantes para la Maga. Adelante...te estábamos esperando...
lunes, 21 de enero de 2008
LA ELECCIÓN
La mirada es una elección. El que mira decide fijarse en algo en concreto y, por consiguiente, a la fuerza elige excluir su atención del resto de su campo visual. Ésa es la razón por la cual la mirada, que constituye la esencia de la vida, es, en primera instancia, un rechazo. Vivir significa rechazar. Aquel que todo lo acepta vive igual que el desagüe de un lavabo.[…]. La única mala elección es la ausencia de elección.
Amelie Nothomb
Amelie Nothomb
UN DIA EN UNA GRAN SUPERFICIE
UN DIA EN UNA GRAN SUPERFICIE
No se de que color son los días cuando se pasan dentro de una gran superficie rodeado de mercancías y compraventa. Sólo sé que a mí me entran ganas de comprarlo todo cuando estoy dentro, ellos tienen tantas cosas y mi casa está vacía en comparación con todas los artículos que exhiben sus estanterías. Me entran ganas de salir corriendo porque me siento muy desorientada y me cuesta encontrar la salida. Supongo que ese es el motivo de que sean grandes superficies. Desorientarnos tanto que no podemos hacer otra cosa que entretenernos con sus cientos de lámparas aunque uno tenga suficiente luz en casa.
Creo que la estupidez humana está llegando a límites insospechados, quizás se han cumplido las peores profecías y uno de aquellos jinetes del Apocalipsis sea una gran superficie repleta de artículos de todas las calañas. Los inservibles son sin duda los que más triunfan en aquel caótico mundo. Hemos llegado ya a ser una sociedad palmípeda que sólo dice cua cua cuando se acercan los dependientes. Hablamos por códigos de barras y escuchar algo inteligente es harto difícil allá dentro.
Veo a familias enteras que cogen su carro, con el niño dentro enseñándole cómo ser de mayor, y se pasan el fin de semana allí dentro dilucidando cuál es la mejor lámpara para el cuarto de los niños, y me embarga una mezcla de tristeza y desesperanza Los niños lo quieren todo y lloran desconsolados porque, como me pasa a mí, en comparación con todo lo que se exhibe, ellos no tienen nada. Veo la estupidez humana instalada en la tierra con forma de supermercado fuera de escala.
La ansiedad es el deseo frustrado de no tener lo que se desea y allí es imposible no desearlo todo. La elección de los productos es un arduo ejercicio de razonamiento, la lógica aristotélica allí es difícil de usar. Entre tanto cachivache de todos los colores y formas uno olvida qué entró a comprar porque resulta que casi todo está de oferta y no se pueden dejar escapar de nuestros ojos esos carteles enormes que nos hipnotizan.
Para cuando uno encuentra lo que iba buscando el carro ya está lleno y cómo demonios te las apañas para dejar cada producto en su sitio si no recuerdas como has llegado hasta allí, y para entonces te duele tanto la cabeza que prefieres pagar antes que seguir un minuto más dentro, aguantando los villancicos de navidad.
Lo peor es cuando llegas a casa, se te han olvidado las tarjetas que necesitabas y no te atreves a volver a pisar la tierra de Satán por si no puedes volver a salir del infierno.
Estoy convencida de que alguien estudia el comportamiento humano allí dentro, debe ser un estudio posmoderno. Su título seguro es: Cómo desorientar a los clientes de una gran superficie. Debe ser un estudio muy serio y exhaustivo .Es indudable que ese estudio nunca saldrá a la luz, como la milagrosa receta de la coca- cola. Y es seguro que se esconde muy bien ese estudio y a nadie le interesa, claro, que todos nos enteremos de sus nefastas consecuencias en nuestra ya de por sí muy atolondrada cabeza. Pagarán una fortuna por el silencio de sus investigadores.
Los palmípedos no son conscientes del engaño porque todo el mundo sabe que los palmípedos sólo saben decir cua cua
No se de que color son los días cuando se pasan dentro de una gran superficie rodeado de mercancías y compraventa. Sólo sé que a mí me entran ganas de comprarlo todo cuando estoy dentro, ellos tienen tantas cosas y mi casa está vacía en comparación con todas los artículos que exhiben sus estanterías. Me entran ganas de salir corriendo porque me siento muy desorientada y me cuesta encontrar la salida. Supongo que ese es el motivo de que sean grandes superficies. Desorientarnos tanto que no podemos hacer otra cosa que entretenernos con sus cientos de lámparas aunque uno tenga suficiente luz en casa.
Creo que la estupidez humana está llegando a límites insospechados, quizás se han cumplido las peores profecías y uno de aquellos jinetes del Apocalipsis sea una gran superficie repleta de artículos de todas las calañas. Los inservibles son sin duda los que más triunfan en aquel caótico mundo. Hemos llegado ya a ser una sociedad palmípeda que sólo dice cua cua cuando se acercan los dependientes. Hablamos por códigos de barras y escuchar algo inteligente es harto difícil allá dentro.
Veo a familias enteras que cogen su carro, con el niño dentro enseñándole cómo ser de mayor, y se pasan el fin de semana allí dentro dilucidando cuál es la mejor lámpara para el cuarto de los niños, y me embarga una mezcla de tristeza y desesperanza Los niños lo quieren todo y lloran desconsolados porque, como me pasa a mí, en comparación con todo lo que se exhibe, ellos no tienen nada. Veo la estupidez humana instalada en la tierra con forma de supermercado fuera de escala.
La ansiedad es el deseo frustrado de no tener lo que se desea y allí es imposible no desearlo todo. La elección de los productos es un arduo ejercicio de razonamiento, la lógica aristotélica allí es difícil de usar. Entre tanto cachivache de todos los colores y formas uno olvida qué entró a comprar porque resulta que casi todo está de oferta y no se pueden dejar escapar de nuestros ojos esos carteles enormes que nos hipnotizan.
Para cuando uno encuentra lo que iba buscando el carro ya está lleno y cómo demonios te las apañas para dejar cada producto en su sitio si no recuerdas como has llegado hasta allí, y para entonces te duele tanto la cabeza que prefieres pagar antes que seguir un minuto más dentro, aguantando los villancicos de navidad.
Lo peor es cuando llegas a casa, se te han olvidado las tarjetas que necesitabas y no te atreves a volver a pisar la tierra de Satán por si no puedes volver a salir del infierno.
Estoy convencida de que alguien estudia el comportamiento humano allí dentro, debe ser un estudio posmoderno. Su título seguro es: Cómo desorientar a los clientes de una gran superficie. Debe ser un estudio muy serio y exhaustivo .Es indudable que ese estudio nunca saldrá a la luz, como la milagrosa receta de la coca- cola. Y es seguro que se esconde muy bien ese estudio y a nadie le interesa, claro, que todos nos enteremos de sus nefastas consecuencias en nuestra ya de por sí muy atolondrada cabeza. Pagarán una fortuna por el silencio de sus investigadores.
Los palmípedos no son conscientes del engaño porque todo el mundo sabe que los palmípedos sólo saben decir cua cua
HAY QUE IMAGINAR A SISIFO FELIZ
A veces hay que imaginar a Sisifo feliz empujando esa gran piedra que es mas grande que él. A veces me supera la piedra y me entran ganas de tirarla rodando y no seguir empujando contra la gravedad. Supongo que todos tenemos esas grandes piedras que empujar, obligaciones que hay que cumplir. Hay días que la piedra es mas pequeña y días que la piedra crece hasta superarnos pero la piedra siempre está ahí fiel como el mal aliento. Es muy ilustrativa la foto de como uno se siente algunos días.
¿CUÁL ES TU SUEÑO?
Perseguir sueños es un buen deporte. Deberían incluirlo en las Olimpiadas. Perseguir quimeras, utopías, es un dulce propósito. Quizá nunca se cumplan pero no hay que entristecerse por ello porque sirven de motor en nuestra vida. Te dan ganas de levantarte por las mañanas cuando suena el reloj. Es un buen motivo. Yo creo que todos tenemos nuestro pequeño o gran sueño. Yo creo en los sueños porque nos alimentan la esperanza y nos hacen continuar buscando. Gracias a los sueños somos pequeños dioses en la tierra. Yo creo que es por la esperanza de ese brevísimo instante que el resto merece ser vivido.
CITA A CIEGAS
A Eduardo y a Yasmina, por estar ahí
Siempre hay algo que uno olvida en alguna parte, en un autobús, en el trabajo, en cualquier tren, irremisiblemente siempre hay algo que uno olvida en alguna parte. Un póster, las llaves, el paraguas, el monedero, el bolso, la pitillera, las gafas de sol. Al final siempre da igual porque enseguida se sustituyen todos los olvidos. Pero uno no puede olvidar esas cosas que un día nos pertenecieron y eran casi nuestras. Una extraña prolongación de nuestra personalidad las hacía nuestras y no de ningún otro. Las cosas que más nos gustan deberían sonar cuando se alejan de nosotros. Deberían llevar un chip prodigioso que pitara cuando se alejan de sus dueños.
A ella y a él le hubiese gustado ese tipo de invento pero indudablemente les hubiese costado trabajo no perderlo.
Él se cita con los personajes más extraños en los lugares más inverosímiles a las horas más intempestivas y no le cuesta ningún trabajo. Ni mensajes en el contestador ni llamadas telefónicas ni cualquier otro tipo de citas comunes. A él no le cuesta nada quedar con alguien que no conoce. Lo sé porque lo he visto con mis propios ojos más de una vez.
Puede ser una parada de autobús o una estación o una de las múltiples salas de espera que existen en nuestro país. Suele ser en no-lugares dónde siempre funcionan los encuentros. Funcionan muy bien para ello también las gasolineras. Esos sitios que no cambian con la ciudad que uno visite. Esos lugares cuya decoración es parecida y parece ser una constante que no cambia aunque cambiemos de ciudad.
Que raro suenan esas citas sin mediar palabra. Que raro resuenan los pasos, en la solitaria calle, de no se sabe bien quién. Pero a Eduardo le suenan ya cotidianos. Los certeros pasos, la mirada perdida a Eduardo no le suenan extraños. Los ojos desencajados de alguien que se aproxima por el pasillo del autobús. Eduardo sabe que se aproximan a él, que esa boca torcida va a comentarle algo extraño. Él sabe que vienen hacia él y los espera con la resignación del suicida. Sabe que vienen a contarle algo interesante que no dicen nunca por la tele. Eduardo se cita con los personajes más extraños del mundo y no le parece ya raro, después de tantos y tantos encuentros. Se dan citas tácitas. Ninguno sabe del otro ni a dónde va ni de dónde viene y no les hace falta conocerse, como dos trenes extraños que se cruzan en la noche oscura. En silencio, en mitad de la noche, se ven venir y se reconocen.
-Te estaba esperando- comenta Eduardo en voz baja, apenas audible para el recién llegado.
-Buenas noches- comenta con la mirada perdida en no sé qué obsesiones y explica algo sobre la luna, algo que ya era esperado por Eduardo.
A dónde vas ni de dónde vienes importa ahora. La luna está completamente llena y espera muy paciente la compañía de sus lunáticos amigos. La luna y Eduardo esperan pacientemente. La conversación llega por sí sola.
-Yo no me creo que nadie haya estado en la luna- empieza Eduardo
-Ni yo que manden satélites y objetos raros allá afuera a girar en torno nuestro.
-Hay cosas imposibles de descifrar por medio de nuestro lenguaje- comenta el sorprendido Eduardo, una vez más.
-A mi se me cumplen todos los sueños cuando hay luna llena y no sé porqué pero te juro que es cierto.- dice el gran conversador de Eduardo, el que se metamorfosea en cada encuentro.
-Da igual. Los sueños siempre se cumplen y no dependen de la luna.-cerciora Eduardo sin ningún reparo.
Eduardo colecciona los objetos olvidados por sus dueños después de las citas. Un paraguas con alguna varilla rota por el uso, un cubo de rubby o una extraña bolsa vacía. A cambio Eduardo les ofrece sus objetos olvidados también: un póster de Amelie o una preciosa bolsa deportiva. Así suceden los encuentros y los intercambios de enseres, siempre en mitad de la noche. Siempre tan puntuales.
Siempre hay algo que uno olvida en alguna parte, en un autobús, en el trabajo, en cualquier tren, irremisiblemente siempre hay algo que uno olvida en alguna parte. Un póster, las llaves, el paraguas, el monedero, el bolso, la pitillera, las gafas de sol. Al final siempre da igual porque enseguida se sustituyen todos los olvidos. Pero uno no puede olvidar esas cosas que un día nos pertenecieron y eran casi nuestras. Una extraña prolongación de nuestra personalidad las hacía nuestras y no de ningún otro. Las cosas que más nos gustan deberían sonar cuando se alejan de nosotros. Deberían llevar un chip prodigioso que pitara cuando se alejan de sus dueños.
A ella y a él le hubiese gustado ese tipo de invento pero indudablemente les hubiese costado trabajo no perderlo.
Él se cita con los personajes más extraños en los lugares más inverosímiles a las horas más intempestivas y no le cuesta ningún trabajo. Ni mensajes en el contestador ni llamadas telefónicas ni cualquier otro tipo de citas comunes. A él no le cuesta nada quedar con alguien que no conoce. Lo sé porque lo he visto con mis propios ojos más de una vez.
Puede ser una parada de autobús o una estación o una de las múltiples salas de espera que existen en nuestro país. Suele ser en no-lugares dónde siempre funcionan los encuentros. Funcionan muy bien para ello también las gasolineras. Esos sitios que no cambian con la ciudad que uno visite. Esos lugares cuya decoración es parecida y parece ser una constante que no cambia aunque cambiemos de ciudad.
Que raro suenan esas citas sin mediar palabra. Que raro resuenan los pasos, en la solitaria calle, de no se sabe bien quién. Pero a Eduardo le suenan ya cotidianos. Los certeros pasos, la mirada perdida a Eduardo no le suenan extraños. Los ojos desencajados de alguien que se aproxima por el pasillo del autobús. Eduardo sabe que se aproximan a él, que esa boca torcida va a comentarle algo extraño. Él sabe que vienen hacia él y los espera con la resignación del suicida. Sabe que vienen a contarle algo interesante que no dicen nunca por la tele. Eduardo se cita con los personajes más extraños del mundo y no le parece ya raro, después de tantos y tantos encuentros. Se dan citas tácitas. Ninguno sabe del otro ni a dónde va ni de dónde viene y no les hace falta conocerse, como dos trenes extraños que se cruzan en la noche oscura. En silencio, en mitad de la noche, se ven venir y se reconocen.
-Te estaba esperando- comenta Eduardo en voz baja, apenas audible para el recién llegado.
-Buenas noches- comenta con la mirada perdida en no sé qué obsesiones y explica algo sobre la luna, algo que ya era esperado por Eduardo.
A dónde vas ni de dónde vienes importa ahora. La luna está completamente llena y espera muy paciente la compañía de sus lunáticos amigos. La luna y Eduardo esperan pacientemente. La conversación llega por sí sola.
-Yo no me creo que nadie haya estado en la luna- empieza Eduardo
-Ni yo que manden satélites y objetos raros allá afuera a girar en torno nuestro.
-Hay cosas imposibles de descifrar por medio de nuestro lenguaje- comenta el sorprendido Eduardo, una vez más.
-A mi se me cumplen todos los sueños cuando hay luna llena y no sé porqué pero te juro que es cierto.- dice el gran conversador de Eduardo, el que se metamorfosea en cada encuentro.
-Da igual. Los sueños siempre se cumplen y no dependen de la luna.-cerciora Eduardo sin ningún reparo.
Eduardo colecciona los objetos olvidados por sus dueños después de las citas. Un paraguas con alguna varilla rota por el uso, un cubo de rubby o una extraña bolsa vacía. A cambio Eduardo les ofrece sus objetos olvidados también: un póster de Amelie o una preciosa bolsa deportiva. Así suceden los encuentros y los intercambios de enseres, siempre en mitad de la noche. Siempre tan puntuales.