viernes, 26 de julio de 2013

NUNCA SE LO HE CONTADO A NADIE


Si se cansa de escucharme me lo dice que yo me enrollo y no me doy ni cuenta. Usted parece muy simpático, no como mi marido. No sabe usted  las tonterías tan grandes que dice mi marido a veces y mira que yo lo quiero y siempre lo he querido pero a veces, a veces…me saca de mis casillas. Como cuando el 15M, que si eran unos delincuentes, que si la policía tendría que limpiar todas las calles de ellos, que si perrosflauta, que yo la primera vez que lo escuché no sabía ni lo que era. Pobrecitos, le decía yo, pero si sólo quieren un trabajo, y él me decía, pero eres tonta de remate, ellos no quieren trabajar, no te das cuenta de que ensucian las calles, que son todos unos rojos revolucionarios  y yo le decía que no, que no lo entendía y él erre que erre que si yo era una tonta de remate. Yo no sé si soy tonta de remate pero en el colegio sacaba muy buenas notas, porque me puse a trabajar pronto que si no hubiera llegado lejos. Él se cree muy listo, dice que nuestro hijo el abogado, Enrique,  es tan bueno, siempre nos hace regalos, pues dice que le ha salido a él, cuando todos dicen que es el vivo retrato de mi padre que en paz descanse. Hay que ser bruto. No, si mi marido no es mala persona, un poco cabezón quizá, siempre se tiene que salir con la suya. Desde que nos casamos ni una sola vez me ha dado la razón y digo yo, qué trabajo le cuesta, pero sí que le cuesta, es muy orgulloso mi marido, porque vamos, digo yo que en 45 años de casados alguna vez habré llevado la razón no? Pues nada, él tan tozudo como una mula. Él siempre dice que yo soy una mujer difícil, que no se fue y me dejó sola con los niños porque es muy bueno pero que otro… en eso si lleva razón, que hubiera hecho yo con 3 niños y sola, menos mal que se quedó. Ves? Yo si le doy la razón cuando la lleva. Éramos muy jóvenes cuando nos casamos y yo era tan tonta, casi no lo conocía, y no sabía que era tan cabezón, sino otro gallo me hubiera cantado, que bien guapa que era yo de joven y buenos pretendientes tenía, ahora ya sólo soy una vieja muy parlanchina. No es muy tarde todavía, me puedo quedar un rato más. Todavía no habrá vuelto del bar, va todas las tardes, y yo,  porque un día fui a avisarlo y porque era urgente que sino ni se me ocurre, ya ves tú, el chico había tenido un accidente con el coche y estaba bien pero menudo susto; pues se enfadó muchísimo, me dijo que lo dejé en vergüenza delante de todo el bar, que como se me ocurre, que las mujeres que pisan los bares no son decentes, que tonterías dice mi marido, ahora porque ya soy muy vieja pero más de una vez me han entrado unas ganas de coger las maletas, si no es por mis hijos yo no sé que hubiera hecho. Pero dónde iba yo a ir, me decía, pues nada a aguantar sus cabezonerías. La primera crisis sobrevino cuando todos mis hijos estaban fuera, unos estudiando y otros trabajando pero en el pueblo no había nadie. Estaba esperándolo para comer. Recuerdo que aquél día me había salido muy rico el guisillo y a mi marido le encanta pero yo esperaba y no venía, estaba casa Pepe, el bar de la plaza. Empecé a sentirme mareada y me eché en el sofá. El corazón me iba muy rápido y me faltaba el oxígeno, casi no podía respirar. Llegó por fin y le dije :-Manolo, llama a la ambulancia que me muero, y él, que exagerá eres mujer, ya será pa menos, pero llamó y cuando llegué al hospital me hicieron muchas preguntas y me reconocieron, analíticas y más analíticas. Mi marido fumando fuera mientras. Finalmente me pusieron una inyección y me dijeron que era ansiedad, como sin darle importancia. Yo ya me encontraba mejor pero nunca había oído esa enfermedad ni sabía en qué consistía. Me preguntaron si había tenido algún disgusto hacia poco. Pues no, ninguno que yo recuerde. Me pusieron un tratamiento y me dieron cita con el psicólogo la semana siguiente. Yo me quedé estupefacta. ¿Me estaban diciendo que yo estaba loca?¿Por qué me mandaban al psicólogo? Por supuesto que no fui. Mi marido decía que para qué y en eso llevaba razón. Yo no estaba loca. La ansiedad esa ya se curaría con la medicación. Pero si yo no tengo ningún problema. Todos mis hijos ya colocados fuera y la casa para mí sola. A veces me siento un poco sola porque mi marido no está mucho y cuando está es mucho peor. Prefiero estar sola. Pero eso no es para volverse loca. Y la ansiedad no remitió. Seguía con la medicación pero los ataques eran continuos. Rara era la semana que no me daba alguno. Dice mi médica del  consultorio que me lo provoco yo misma y yo no me lo puedo creer. ¿Cómo me lo voy a provocar yo?¿Tan tonta voy a ser? A ver si mi marido va  a tener razón al final. Al final decidí ir al psicólogo y luego me alegré tanto. A lo mejor era verdad que estaba loca. A mi marido le dije que era una chica porque si no, madre mía, la que hubiera montado. El psicólogo es un muchacho tan simpático. Mañana me toca ir. Nunca se lo he contado a nadie. Ni a mis hijos. No les quise decir nada por no preocuparlos y si alguna vez venían de fin de semana y me daba me acostaba y decía que me dolía la cabeza.  Tú eres la primera persona a la que se lo cuento. No es por nada, usted me entiende, no es fácil. Bueno, quiero decir que con usted es más fácil. Yo no estoy loca. Usted me cree, verdad? Por hablar con desconocidos uno no está loco no? Mi marido siempre dice que no hable con desconocidos pero a mí me da igual, ellos a veces te ayudan y te entienden más que tu propia familia. A mí personalmente me cuesta menos sincerarme con un desconocido que con alguien de mi familia. Los desconocidos no te juzgan, usted no va a juzgarme por lo que le he contado verdad? Por eso me gusta ir a hablar con el psicólogo, es un buen muchacho y muy paciente escuchando, me ayuda a desahogarme, que a veces una ya no puede más. Bueno, ya casi es la hora de la cena, mi marido está al llegar, me tengo que ir. Le dejo unas galletas y un bote de leche, eso siempre viene bien en las  noches de frío. Este banco debe ser muy duro para dormir. Seguro que tengo alguna manta en casa que no uso. Mañana se la traigo. Buenas noches.

COMBATE


Te encuentro por casualidad. Amigos en común. Intento no hacerte mucho caso. Te evito  a posta. Hablo con nuestro amigo en común y te dejo de lado. Round 1: Me pongo a bailar. De espaldas a ti. No sé si me miras. Imagino que sí. La realidad quizá sea que no. Que estás demasiado ocupado haciéndote un porro. Round 2: Te pones a bailar con una chica, es tu amiga, la he visto cientos de veces contigo. Es fea. Yo me quedo sola un momento y siento que he perdido el segundo round. Round 3: Me pongo a hablar con el camarero, le pido canciones, una tras otra, no paro de beber cerveza.  El camarero te deja solo, me hace más caso a mí que a ti. Has perdido el  tercer round. Round 4: Te acercas y me preguntas la misma pregunta que me hiciste la última vez que coincidimos. Muy educado. Como siempre. Muy preocupado por mi futuro. Te digo lo de la plataforma petrolífera mientras miro tus manos sujetando la cerveza. No las recordaba tan bonitas. Yo no recordaba tus manos. Tú no recuerdas lo de la plataforma petrolífera. Te digo: Tienes muy mala memoria. Juego con ventaja. Y me arrepiento en seguida. Sé que no me voy a enrollar contigo aunque me lo pidieras de rodillas pero me apetecería verte rogando. Te miro a los ojos. Me miras a los ojos. Aparto la mirada no sea que notes algo. Round 4: empate. Round 5: Nos salimos a la puerta a fumar. Está tu bici. La bici en la que viajamos los dos una vez. Me dan ganas de darle una patada. Tú sales con una chica con la que llevas un rato en la barra, es muy bajita pero no para de reír. Siempre fuiste muy gracioso. Yo estoy de espaldas a los dos intentando concentrarme en la conversación con nuestro amigo en común y dos nuevos chicos que se han unido. Os escucho de fondo aunque me llegan las palabras sueltas, no puedo entender la conversación. Se hace un silencio entre ellos. La está besando. Un beso muy silencioso pero sé que se están besando a mis espaldas. El pub está echando la persiana pero ellos dos se cuelan furtivamente en el último momento. Él es amigo del camarero. Llega un borracho que ha visto que han entrado y pregunta si puede entrar. Está cerrado dice el camarero. Fin del combate: Caigo al suelo noqueada y pierdo el sentido. Me despierto en un taxi. Me lleva a casa y con los huesos doloridos me dispongo a comenzar mi protocolo. Abro la ventanilla. Enciendo el mp3. Pongo “Caminando en círculos” El trayecto es corto. Vuelvo a desmayarme. Me despierto en la cama y me pregunto tantas cosas. Me pregunto cómo puede llevarse a la cama a una distinta cada noche sin pestañear, sin saber siquiera su color favorito, si coloca la ropa en el armario antes de acostarse o si le gustan más los libros de aventuras o de poesía. Me pregunto si puede quedarse impasible sin conocer el verdadero valor del anillo o porqué algunas personas pasan por la vida de otras sin dejar huella, olvidando rápido las sonrisas, las palabras, los besos cómplices, las caricias. Ya no duele. Las cicatrices no duelen. No ha habido combate. El combate estaba en mi imaginación. Nadie ganó y nadie perdió. 

lunes, 22 de julio de 2013

PAZ INTERIOR

“Una persona que le gusta estar sola es una persona que le gusta estar en compañía de él mismo”
Un vaso colmado, lleno hasta los bordes de la nada más absoluta o del todo, en realidad es lo mismo. Una tranquilidad que casi me asusta. Un encontrarte en el lugar correcto. No querer estar en ningún otro sitio sobre la Tierra. Amarlo todo. Lo bueno y lo malo. El silencio. La música en el momento oportuno. La Paz. Tiempo para mí. Tiempo para quererme, para mimarme. Para hacer lo que más me gusta. Quique González una y otra vez. Escribir. Leer. A solas conmigo. Con la persona que más quiero. Casi me da miedo escribirlo. Puede que suene mal. No querer nunca que se acabe el día. La casa limpia. Mi casa. Mi hogar. Mi lugar en el mundo. Con todas mis cosas. Estar bien con todo. La paz interior con uno mismo es el mejor estado que hay. Casi tanto como enamorarse ;-)
“Amarse a uno mismo es el comienzo de un idilio que dura toda la vida”

Oscar Wilde

MÁS DE CIEN MENTIRAS

Maquillaje para la noche. Un vestido asimétrico para las ocasiones especiales. Melón a media tarde. Un comegafas que he rescatado del baúl de los recuerdos. Anillos de plástico. Rimel. Libros. Muchos libros. Laca de uñas negra. Sandalias de verano. Un portátil. Pilas usadas. Un inalámbrico. Discos. Una parra que da sombra. Nectarinas. Un abrigo blanco de paño. Tenis para correr. Besos. Caricias. El diario de un niño. Sueños. Helado de chocolate. Un mp3. Dos camas. Tapas. Conversaciones. Cerveza sin alcohol. La playa. Amigos. Un primo científico. Un primo psicólogo. Confidencias. Lágrimas. Fotos. Dos terrazas. Una para lavar y otra para leer y escribir. Un banco con el oso y el madroño. Risas. Sonrisas. Brillo de labios. Terrazas de verano. Amigos íntimos. Conocidos. Amigos lejanos. La piscina de mi hermana. Lentillas. Gafas con montura negra. Tiroides defectuoso. Un pantalón vaquero cortado.  Una cama en Almería. La inocencia de la niña que llevo dentro intacta. Cajas y cajas llenas de objetos inservibles. Un joyero regalo de amigo invisible de un hombre que ya está muerto. Brazaletes. Libros dedicados. Cadáveres exquisitos muertos. Una pulsera con chapas y la bandera gay regalo de una amiga lesbiana. Un bolso de plástico para la piscina. Una mochila roja vieja. Una maleta del color del feminismo y la psicología. Sábanas limpias. Mis manos. Tus manos fibrosas de dedos largos. Quique González. Salitre. Najwa Nimri. Como un animal. Tus dedos hábiles cabalgando por mi cuerpo. Las miradas de los desconocidos. Los camareros. El demodé. La cara llena de churretes de mi sobrino. Las millones de libretas que tengo escritas y olvidadas. Las poesías a hombres que pasaron por mi vida y ya he olvidado. Mi blog. Mis sueños. La noche. La luna. El cielo de Fiñana. La sierra. Una estrella fugaz. Un deseo. Que nada cambie. Que sólo yo cambie.  

domingo, 21 de julio de 2013

TURNEDO

I WONDER

LA SONRISA DEL DIABLO


La primera vez que notó algo raro en su mirada fue tirando la basura. Él pasaba con su furgoneta, iba solo y sonrió de aquella manera, la miró de aquella manera y ella se estremeció y apartó la mirada. Miró el culo de la furgoneta cuando desaparecía y se fijó en una pegatina que llevaba con un diablo sonriente. Lo conocía de vista. Era de fuera pero llevaba mucho tiempo viviendo allí. Casi toda una vida. Por aquel entonces todo el mundo andaba muy preocupado porque iban a tirar el toblerone. A ella también le preocupaba y había ido a alguna de aquellas reuniones, no tanto por su convencimiento de que podrían hacer algo como por el hecho de defender una causa perdida, que eran su debilidad. Una semana después de su mirada junto al contenedor se lo volvió a encontrar. Ella iba corriendo. Corría tres veces por semana, siempre junto a la playa y sola. Aún era de día. No tenía miedo. Le volvió a sonreír parapetado desde el volante de su furgoneta, aminoró la marcha y sonrió de aquella manera que ella tanto detestaba. La miró de aquella manera, mezcla de lascivia y lujuria. Ella miró a otro lado y aceleró la marcha. Se quedó mirando de nuevo como se alejaba sonriéndole el diablillo que llevaba pegado al maletero. No se lo comentó a nadie. No le dio mucha importancia. Al mes, cuando ya casi se había olvidado de él, se lo volvió a encontrar. Iba comiéndose una napolitana de chocolate por la calle de vuelta de la biblioteca. Él estaba sentado en una terraza de verano tomándose una cerveza y cuando la vio pasar se giró por completo a pesar de que estaba acompañado. Luego vino lo que ella ya esperaba, aquella sonrisa malévola que no se le borraba de la cara. Aquella misma noche, volviendo de una de las reuniones del toblerone se lo volvió a encontrar en compañía de su furgoneta y del diablillo sonriente. Aminoró la marcha de la furgoneta y le preguntó, mirándola de aquella forma: Guapa, te acerco a algún sitio? No gracias, dijo ella, sin mirarlo siquiera. Él: No te voy a hacer nada, y se rió a carcajadas. Así estuvieron un rato, él hablándole y ella respondiendo monosílabos. Al final aceleró y dijo gritando: Tú te lo pierdes! y desapareció. Gracias a dios estaba ya a punto de llegar a casa. Vio a lo lejos la bocacalle oscura donde vivía en aquel piso barato, y respiró aliviada. Por fin. Al entrar en la bocacalle una punzada le asaltó el corazón. Allí estaban los tres, la furgoneta, el diablillo y aquel hombre fumando apoyado en la furgoneta, aparcada a unos metros de su casa. Trató de tranquilizarse. Pasó por la otra orilla de la calle, pero la calle era tan estrecha que estaba a tan sólo unos pasos de él. No has sido una chica educada, dijo y ella notó que estaba borracho. Aceleró el paso. Él echó a andar tras ella sin prisa. Ella no miraba hacia atrás pero sentía sus pasos seguros tras ella. Empezó a rebuscar sus llaves en el bolso mucho antes de llegar al portal. Las jodidas llaves. Las encontró después de un rato de rebuscar. Notaba como se estaba poniendo cada vez más nerviosa. Él no paraba de hablar. Sabes lo que les pasa a  las chicas maleducadas? Por fin llegó al portal. Él estaba sólo a unos metros de ella. No acertaba a meter la llave. Él echó a correr para salvar los metros que le faltaban, con esa torpeza de los borrachos. Y la puerta se abrió cuando a ella ya le llegaban los vapores del alcohol mezclado con el sudor. Cerró la puerta tras de sí. Él se quedó fuera. Ella dentro temblándole todo el cuerpo. Él seguía hablando pero ella ya no lo escuchaba. Se fue directa al ascensor con las piernas aún trémulas, como de madera. Él sacó un cigarrillo y lo encendió mientras se apoyaba en la puerta y para su sorpresa esta cedió en el mismo momento en que se cerraba la puerta del ascensor. Mala suerte, querida, gritó. Él subía las escaleras como un loco. Dónde se parará la mosquita muerta? Te voy a coger, mosquita muerta. A ella le llegaban amortiguados los gritos por las paredes metálicas del ascensor y sólo pensaba en una cosa sosteniendo las llaves en la mano. Sólo pensaba en su casa, en la puerta, en acertar con la llave a la primera. Estaba impasible, con ese sudor frío y esa tranquilidad racional que adquiere el cerebro en los casos desesperados.  No temblaba, no lloraba, no gritaba, sólo sostenía la llave en la mano y pensaba en la cerradura con la mirada fija en la barra del espejo de un ascensor viejo que subía renqueando como cansado. Fueron milésimas de segundo, la puerta del ascensor se abre, ella sale con paso rápido, la puerta de la casa está a dos metros del ascensor y él está en la desembocadura de la escalera jadeando del esfuerzo, sonríe de nuevo con aquella sonrisa  pero ella ya no lo ve, no lo ve nadie, como el vaso que se cae en mitad del bosque. Ella se centra en su tarea como si le fuese la vida en ello. La llave entra a la primera y cede la cerradura, cierra tras ella con un portazo, la puerta le da en las narices y le llegan los vapores de su aliento a alcohol pero una milésima de segundo la salva. Se apoya de espaldas a la puerta. Sal, maldita puta. Y se deja caer al suelo, se queda allí sentada no sabe cuánto tiempo. Desplomada. Ahora se permite el lujo de dejarse abatir por los nervios y el miedo. Rompe a llorar en sollozos mientras él golpea la puerta. Una puerta le separa de su sonrisa, aquella sonrisa del diablo, aquella que la sobrecogió por primera vez al lado de un contenedor.