No sé si son las leyes de Murphi,
algún maleficio cósmico o algo esotérico que está más allá de nuestro
entendimiento o de las leyes de la Tierra. Mis pensamientos sobre algo que va a
acaecer (no tiene que ser nada trascendental, son cosas cotidianas) suelen ser
antagónicos a la realidad. Si suena el whasapp y creo que es mi primo, pues
luego es mi hermana. Si pienso que alguien se va a enfadar conmigo por algo que
he hecho, entonces no se enfada y cuando pienso que no se va a enfadar,
entonces, para mi sorpresa, se enfada. Si pienso que va a estar cerrada la
panadería, entonces está abierta. Si
pienso que algo me va a costar muy caro, entonces vale muy barato. Y así
sucesivamente se suceden los pensamientos que no se cumplen. Le he hecho un
boicot a esta ley y ahora cuando me viene un pensamiento sobre algo, trato de
obligarme a pensar lo contrario de lo que quiero, para que la realidad me
obsequie con lo que quiero.
Bienvenidos a esta humilde morada. Aquí encontrareis poesía, cuentos, citas, reflexiones y pensamientos de Teresa Lao y de otros autores, interesantes para la Maga. Adelante...te estábamos esperando...
miércoles, 22 de enero de 2014
lunes, 20 de enero de 2014
EXPLOSIÓN POR SIMPATÍA
Por estar en el lugar adecuado y
en el momento justo escuché una frase que me parece digna de una poesía.
Explosión por simpatía. Que yo no sé si es que los cohetes se contagian unos a
otros como una pandemia, o que la pólvora es simpática con los de su misma
condición. Que para pólvora, Fiñana en San Sebas. Para simpatía la de los
fiñaneros en San Sebas. Y para explosión, el encierro. No nos falta ni la Kale
Borroka tirando cohetes al suelo ni la Zorra enharinándonos a todos. Todo a
bajo cero. Al día siguiente parece que hubiera habido una guerra en la que todo
el mundo era feliz. Benditas guerras si fueran como ésta, que asuela Fiñana los veinte de enero. Bendito vino,
benditas rosas, benditos gorros, benditos borrachos. Bendita pandemia de
alegría. Benditos niños, que coleccionan cañas como tesoros y limpian el pueblo
en un acto de reciclaje espontáneo, que
deberían subvencionar. Bendito San Sebas y San Antón.
domingo, 19 de enero de 2014
EL ABRIGO
Dedicado a Julio Cortázar.
Cuando te regalan un abrigo por
Reyes también te regalan el miedo a perderlo, a que le caiga un cubata, a que
te lo roben, a que acabe en el suelo de algún pub. Te regalan la manía de compararlo
con otros abrigos, también de paño, negros, austeros, sobrios. La manía de
mirar el precio, en las tiendas, de otros abrigos. El mío es mejor, más barato
y de mejor calidad. O me han timado, mira que ganga, tenía que haber mirado
mejor. Te regalan la necesidad de lavarlo a mano al principio por si destiñe o
se estropea pronto. Te regalan el hecho, casual y posible, de poder confundirlo con otro abrigo y
llevarte el que no es tuyo. Y menudo fraude. Te regalan los diecisiete segundos que pierdes en abrochar
sus nueve botones. En total, treinta y cuatro abrochar y desabrochar. Cuatro o
cinco veces al día. Calcula. Llegados a este punto nos damos cuenta de que el
abrigo no es tu regalo de Reyes sino que tu eres el regalo para el abrigo en
sus Reyes.
CAJONERAS
Mientras pensaba cuanto tiempo me llevaría abrochar los nueve
botones de mi precioso abrigo nuevo de paño, mi padre no parpadeaba viendo la
copla. De una cosa me iba a otra y me
encuentro pensando en los genes, esos que compartimos mi padre y yo, que yo la
copla ni muerta, pero son casi dos generaciones, moco de pavo. Y cada uno en su
campo de batalla pero compartiendo la pasión por la música. Y como si sacase
cosas inservibles de una cajonera, van viniendo a mis manos pensamientos
entrelazados uno tras otro. Mi padre escuchando un programa de rock en la radio
esta mañana, que me he quedado helada, que mi padre es más de copla. Y del
hielo me voy a la nieve que está al acecho y luego vuelvo a los diecisiete
segundos que tardo en abrocharme el abrigo negro. Negro, como el tatuaje en el
dedo de esa persona misteriosa, un anillo para toda la vida, una alianza con la
vida. Me imagino que es un tipo duro porque ha estado en varias guerras pero
fuma nobel y todos sabemos que no es de tipos duros fumar nobel, si me dices
winston bueno, pero nobel. Luego me doy cuenta que el hombre de la barra no me
quita ojo. Y pienso en todos esos hombres con diez años más que yo,
generalmente divorciados, a los que les pareceré inalcanzable, como las
estrellas del firmamento. Inalcanzables, como esos muchachos a los que les saco
diez años, que no saben ni que existo. Ellos se conforman con mirarme. Yo me
conformo con mirarlos. Todos nos conformamos. Abrocha botones. Desabrocha
botones. Diecisiete segundos. Abre cajoneras. Cierra cajoneras.
martes, 14 de enero de 2014
ENTREVISTA ESTENOPEICA
Dedicado a Valenlao ;-)
La mujer toca con los nudillos de una mano a la puerta de una habitación de hotel. Con la otra sujeta un maletín de cuero negro. Tendrá unos cuarenta y tantos años pero el maletín le hace aparentar unos cuantos más. Va vestida con traje negro de chaqueta y falda. Zapatos, negros también, de salón. Lleva el pelo muy liso, en melena, de peluquería, con unas mechas rubias que tapan su color natural, negro azabache. Espera un tiempo prudencial antes de volver a tocar. Nadie abre la puerta. Vuelve a tocar, esta vez un poco más fuerte. Se toca el pelo nerviosamente. El sonido de una guitarra llega amortiguado a través de la puerta. Cuando se dispone a volver a tocar se detiene el sonido de la guitarra. Los segundos se le hacen eternos y aguanta la respiración. Por fin la puerta se abre. Al otro lado del umbral aparece un chico joven de unos veintitrés años. Lleva camiseta negra ceñida de manga larga, vaqueros rotos también ajustados y el pelo lo tiene revuelto, como si se acabara de levantar o si no se hubiera peinado cuando se levantó. Está increíblemente delgado. Tiene en su cara una sonrisa que le ocupa toda la cara. Le llama mucho la atención que vaya descalzo sin calcetines en pleno invierno. Menos mal que el hotel tiene moqueta. La hace pasar sin reducir un milímetro la sonrisa de su cara. Tiene una expresión en la cara que transmite confianza y paz. Eso la reconforta.
La mujer toca con los nudillos de una mano a la puerta de una habitación de hotel. Con la otra sujeta un maletín de cuero negro. Tendrá unos cuarenta y tantos años pero el maletín le hace aparentar unos cuantos más. Va vestida con traje negro de chaqueta y falda. Zapatos, negros también, de salón. Lleva el pelo muy liso, en melena, de peluquería, con unas mechas rubias que tapan su color natural, negro azabache. Espera un tiempo prudencial antes de volver a tocar. Nadie abre la puerta. Vuelve a tocar, esta vez un poco más fuerte. Se toca el pelo nerviosamente. El sonido de una guitarra llega amortiguado a través de la puerta. Cuando se dispone a volver a tocar se detiene el sonido de la guitarra. Los segundos se le hacen eternos y aguanta la respiración. Por fin la puerta se abre. Al otro lado del umbral aparece un chico joven de unos veintitrés años. Lleva camiseta negra ceñida de manga larga, vaqueros rotos también ajustados y el pelo lo tiene revuelto, como si se acabara de levantar o si no se hubiera peinado cuando se levantó. Está increíblemente delgado. Tiene en su cara una sonrisa que le ocupa toda la cara. Le llama mucho la atención que vaya descalzo sin calcetines en pleno invierno. Menos mal que el hotel tiene moqueta. La hace pasar sin reducir un milímetro la sonrisa de su cara. Tiene una expresión en la cara que transmite confianza y paz. Eso la reconforta.
La habitación
de hotel le parece demasiado austera para ser un hotel de cuatro estrellas. Se
esperaba más lujo. Para empezar le parece pequeña. Ella no ha estado en muchos
hoteles de cuatro estrellas y no se lo imaginaba así. Se ha vestido para la
ocasión. Es una gran oportunidad. No puede fallar, lleva diciéndose semanas. El
chico sólo tiene una manía. Sólo concede entrevistas en su habitación de hotel
y con un solo periodista. Nada de multitudinarias ruedas de prensa en suntuosos
salones, con mil cámaras. Nada de fotos. Algo íntimo. Ella siente curiosidad
por esta manía y le gustaría preguntarle porqué pero desiste de la idea. No
quiere parecer entrometida ni meter la pata en su gran oportunidad. La suite
del hotel consta de dos habitaciones, el dormitorio y un pequeño salón con un sofá y dos sillones
blancos, una mesa baja de madera y un jarrón con bambú, que ella piensa que es
artificial pero se equivoca. Toda la decoración es minimalista. Es decir,
existe una ausencia de decoración superflua. Hay una guitarra acústica en uno
de los sillones. Está muy bien cuidada, como recién comprada. El chico se mueve
grácilmente por la habitación. Le pregunta que desea tomar y abre el minibar.
Él se sirve un tercio de cerveza. Ella le dice que con agua será suficiente. Él
sonríe y le responde: -Como quieras pero aquí hay un whisky muy bueno. Él se
sienta en uno de los sillones. En el otro está la guitarra. Ella se sienta en
el sofá y saca del maletín una grabadora y un cuaderno de notas. Se
pregunta cuánto tiempo puede estar presente una sonrisa en la cara de una
persona. Seguramente él tenga el record.
Lleva
unas semanas nerviosa pero ahora, de repente, delante de él se siente
tranquila. La habitación despide un halo de paz que no acierta a saber si es por
la decoración minimalista, por ser un hotel de cuatro estrellas o por la otra persona que lo ocupa. Una persona
importante. Una estrella del rock. La que más brilla ahora mismo. La que todo
el mundo quiere ver en concierto. La que todo el mundo escucha en sus coches,
en las oficinas, por la calle en reproductores mp3, en la radio, en los pubs de
moda o en el Zara. A pesar de su corta edad este chico ha llegado a lo más
alto, con una guitarra como medio y una mente prodigiosa para la música. Ella
se da cuenta que el chico tiene un don especial que se nota sólo con su
presencia.
-¿Empezamos?-
pregunta la mujer
-Cuando
quieras- responde el chico.
Ella presiona
el botón rec de la grabadora y pone el cuaderno sobre la mesa.
-¿Qué es lo
que más ansias?
-La paz- dice
el chico sin titubear
-¿Te refieres
a la paz en el mundo?- indaga ella.
-Me refiero a
la paz interior, la paz con uno mismo.
-¿Con qué
sueñas?- pregunta de nuevo la mujer atusándose el pelo
-Nunca sueño
dormido- reconoce el chico después de darle un largo trago a la cerveza.
-¿Qué es lo
que no soportas del verano?
-Las moscas-
dice con una sonrisa
-¿Y del
invierno?
-El aire
caliente de las bombas de calor- dice mientras se toca un pie y ella piensa que
esa es la razón de que haga tanto frío en la habitación.
-¿Qué es lo
que te motiva a levantarte por las mañanas?
-La curiosidad
de qué va a pasar.
-¿Qué es lo
que más te molesta de una persona?- pregunta la mujer mirando fijamente el
botellín de agua que él le ha servido.
-La
hipocresía.
-¿Y qué es lo
que más te molesta de ti?- ahora la mujer despega la etiqueta del agua con
parsimonia.
-Ser
transparente.
-¿Quieres
decir que nadie se fija en tu presencia?- manifiesta ella sorprendida.
-No, quiero
decir que todos saben cómo me siento con sólo mirarme a la cara.
-¿Te sientes
solo?
-A veces me
siento solo rodeado de gente. Otras veces estoy en completa soledad y no me
siento solo.
-¿Echas en
falta a alguien en tu vida?- inquiere ella un poco ruborizada
-Si- y se hace
un silencio entre los dos.
-¿Quién es esa
persona?- vuelve a indagar y sigue
despegando, ahora con más ímpetu, la etiqueta del botellín de agua.
-Esa persona
no existe más que en mi imaginación- suspira él melancólicamente.
-Sin embargo,
la echas de menos…- incide ella en el tema.
-Sí, mucho- confiesa
lacónicamente.
-¿Qué valoras
por encima de todo?- sondea ella, con la
etiqueta ya despegada entre las manos y jugueteando con ella.
-El amor
-Me refiero en
otra persona- aclara ella
-Un buen
corazón, es lo mismo- puntualiza él. Entonces ella abandona la etiqueta en la
mesa, coge el cuaderno y apunta algo que él desconoce y por lo que siente una
gran curiosidad.
-¿Qué tienes
en la cúspide de tus prioridades?
-El amor- reitera
él.
-¿A otra
persona?
-A todos los
que me rodean.
-¿Crees que el
amor es lo más importante?- concluye ella.
-Sin duda
alguna.
-¿Por qué?
-Porque hace
de éste un mundo mejor.
-¿Qué te
asusta?
-La maldad
-¿Qué te
atrae?
-El peligro.
-¿Te gusta el
peligro?- pregunta sorprendida
-Sin rebasar
la línea- puntualiza él
-¿Hay una
línea?-
-Sí,
imaginaria, pero sí.
-Para
terminar, ¿por qué merece la pena cometer locuras?
-Por amor
-¿Fraternal o
pasional?
-En este caso
pasional- dice él con una gran sonrisa.
Ella para la
grabadora y la guarda junto con el cuaderno, en su maletín. Se despiden cortésmente,
como si no hubiera pasado nada. Como si ahora ella y, cuando se publique el
artículo, medio mundo, no supiese cosas tan personales suyas. Él se siente como
si hubiera entrado un rayo de luz a
través de una cámara oscura y hubiese dejado su huella en un papel
fotosensible, como en una cámara estenopeica casera.
LA MALDICIÓN
Toda la casa olía a mierda. El
olor que se desprendía cuando abrías la puerta de la casa era nauseabundo. A
cloaca. A sumidero. Los habitantes de la casa desprendían el mismo olor. Todo
estaba limpio, impoluto. Echaban oleadas de lejía por todas partes pero el olor
estaba adherido a la casa. Era un olor penetrante. A mierda de las
profundidades de la Tierra. Ellos no podían soportarlo. Nadie podía soportarlo.
No se sabía porqué todo olía a putrefacto, a alcantarilla. Era una maldición
que había caído sobre la casa. Una maldición con mucha mala leche. La peor
maldición. Oler a mierda de por vida.
viernes, 3 de enero de 2014
SEXTO CUMPLEBLOG
Un 3 de Enero de 2008 empezaba
esta aventura. Empezaba este proyecto como niña con zapatos nuevos. Han pasado
seis años y aún sigo aquí, en este oficio silencioso, construyendo castillos en
el aire, hablando de mí, de lo que me rodea, de lo único que puedo hablar, de
lo único que sé. Sigo con la misma ilusión, no ha decaído aún. Espero que no lo
haga nunca. Está tan dentro esto que hago, escribir, está tan arraigado en mí
como forma de entender el mundo y de llevar un hilo de lo que pienso y de lo
que me pasa, que creo que nunca podría abandonarlo. Gracias a todos los que os
pasáis por esta humilde morada. Sois pocos pero para mí suficiente ;-)