EN TODO RECAYENTE HAY UN GRAN REHABILITANTE. Julio Cortázar
Nadie puede dudar de que las cosas recaen. Un señor se enferma, y de golpe, un miércoles recae. Un lápiz en la mesa recae seguido. Las mujeres, cómo recaen. Teóricamente a nada o a nadie se le ocurriría recaer pero lo mismo esta sujeto, sobre todo porque recae sin conciencia, recae como si nunca antes. Un jazmín, para dar un ejemplo perfumado.
A esa blancura, de donde le viene su penosa amistad con el amarillo? El mero permanecer ya es recaída: el jazmín, entonces. Y no hablemos de las palabras, esas recayentes deplorables, ni de los buñuelos fríos, que son la recaída clavada. Contra lo que pasa se impone pacientemente la rehabilitación.
En lo mas recaído hay siempre algo que pugna por rehabilitarse, en el hongo pisoteado, en el reloj sin cuerda, en los poemas de Pérez, en Pérez. Todo recayente tiene ya en si a un rehabilitante pero el problema, para nosotros los que pensamos nuestra vida, es confuso y casi infinito. Un caracol segrega y una nube aspira; seguramente recaerán, pero una compensación ajena a ellos los rehabilita, los hace treparse poco a poco a lo mejor de si mismos antes de la recaída inevitable. Pero nosotros, tía, como haremos? Como nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien, tan café con leche, y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño o en la ducha? Y si sospechamos lo recayente de nuestro estado, como nos rehabilitaremos?
Hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña, al terminar su obra maestra, al afeitarse sin un solo tajito; no toda recaída va de arriba abajo, porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe donde se está. Probablemente Icaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar epónimo, y dios te libre de una zambullida tan mal preparada. Tía, como nos rehabilitaremos?
Hay quien ha sostenido que la rehabilitación sólo es posible alterándose, pero olvido que toda recaída es una desalteración, una vuelta al barro de la culpa. Somos lo más que somos porque nos alteramos, porque salimos del barro en busca de la felicidad y la conciencia y los pies limpios. Un recayente es entonces un desalterante, de donde se sigue que nadie se rehabilita sin alterarse. Pero pretender la rehabilitación alterándose es una triste redundancia: nuestra condición es la recaída y la desalteración, y a mi me parece que un recayente debería rehabilitarse de otra manera, que por lo demás ignoro. No solamente ignoro eso sino que jamas he sabido en que momento mi tía o yo recaemos. Como rehabilitarnos, entonces, si a lo mejor no hemos recaído todavía y la rehabilitación nos encuentra ya rehabilitados? Tía, no será esa la respuesta, ahora que lo pienso? Hagamos una cosa: usted se rehabilita y yo la observo. Varios días seguidos, digamos una rehabilitación continua, usted está todo el tiempo rehabilitándose y yo la observo. O al revés, si prefiere, pero a mi me gustaría que empezara usted, porque soy modesto y buen observador. De esa manera, si yo recaigo en los intervalos de mi rehabilitación, mientras que usted no le da tiempo a la recaída y se rehabilita como en un cine continuado, al cabo de poco nuestra diferencia será enorme, usted estará tan por encima que dará gusto. Entonces yo sabré que el sistema ha funcionado y empezaré a rehabilitarme furiosamente, pondré el despertador a las tres de la mañana, suspenderé mi vida conyugal y las demás recaídas que conozco para que sólo queden las que no conozco, y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos, tía, y será tan hermoso decir: Ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado, el mío todo de frutilla y el de usted con chocolate y un bizcochito.
Bienvenidos a esta humilde morada. Aquí encontrareis poesía, cuentos, citas, reflexiones y pensamientos de Teresa Lao y de otros autores, interesantes para la Maga. Adelante...te estábamos esperando...
lunes, 26 de mayo de 2014
sábado, 24 de mayo de 2014
EL PELLIZCO EN EL ESTÓMAGO
Después del saludo educado y correcto,
¿qué vendrá luego?
el pellizco en el estómago,
cada vez que vuelva a verte,
con cada saludo educado y cortés,
en cada madrugada.
El pellizco que perderá debilidad,
con el tiempo,
cuando se me echen encima
todos esos días, noches y madrugadas sin ti,
que me sacarán a flote.
Cuando me aplaste el tiempo,
y te conviertas en grano de arena en mi universo.
Cuando el olvido me tome de la cintura,
y me lleve a lugares paradisíacos.
Cuando caiga sobre mí
el telón de acero que me separe de ti.
Hasta entonces…
el pellizco en el estómago…
sábado, 17 de mayo de 2014
DUELO
Se han quedado a solas
todos los portales de Cicely.
Y todos los ojos detrás de las ventanas,
se han cerrado para siempre.
Se ha quedado sola la luna,
las estrellas, los cubos de basura,
las farolas, los bancos y hasta los gatos noctámbulos.
Se han quedado mudos los apuntadores,
los invitados a la fiesta, los espectadores
y hasta los vigías.
Se ha muerto algo dentro
y he sido feliz en su entierro.
He hecho duelo, migas y
he limpiado el polvo a todos los libros de mi casa.
Luego me he echado la siesta
y ha resucitado otra.
Nueva, limpia, en paz, libre, emancipada, sin miedos y …
muy, muy feliz ;-)
CAMINANDO EN CÍRCULOS
Recorriendo las mismas sendas
que llevan a los mismos lugares,
a esos paisajes que ya conocemos,
a los sitios que hemos visitado tantas veces,
y que siempre creemos que son escenarios nuevos.
Pero caminando en círculos se llega a los mismos lugares,
que huelen a lo mismo,
a cenicero rebosando,
a tubo de escape,
a sudor frío,
a cerveza negra.
Caminando en círculos no tienes manera de escapar,
a los días fugaces,
a los mismos errores,
a la palidez de las lunas,
de las dos lunas de Aomame y Tengo,
que contemplas sabiendo que tu también vives en 1984.
Caminando en círculos no puedes huir de aquí,
de la vida fácil,
del torneo de ajedrez,
de las noches relámpago,
de la estupidez de todas las bocas.
Por eso, ahora, para caminar en círculos,
me pinto los labios agrietados,
me pongo mi mustio vestido azul,
y espero que las cosas no se tuerzan.
De todas formas, caminando en círculos no se puede llegar
muy lejos.
sábado, 19 de abril de 2014
PEQUEÑOS DELITOS
Hay un placer mundano en hacer
algo prohibido. Dicen por ahí que lo lícito no me es grato y lo prohibido
excita mi deseo. Hay algo provocador y atrayente en hacer algo prohibido. Como
cuando éramos niños y cogíamos una silla para alcanzar las golosinas del
estante más alto, a escondidas. Todos los adultos fuimos niños y quizá nos quede
remanente ese sentimiento de ser furtivos. Es excitante fumarse un cigarro en
un sitio en el que está prohibido. Es electrizante colarse en una fiesta privada,
echar fotos donde está prohibido, bailar donde no se puede o no está bien
visto. Cruzar con el semáforo en rojo. Meter cervezas de un pub en otro ante la
inocente pasividad del portero, ajeno a nuestra travesura. Enseñar la tarjeta
de estudiante para que te hagan descuento para entrar en los museos, cuando hace ya mucho que no eres
estudiante de ninguna universidad. Bañarte en la piscina comunitaria cuando no
hay nadie, a altas horas de la madrugada. Hay un placer clandestino en hacer
esas inocentes travesuras. Quizá haya una explicación científica para esto.
Para casi todo lo hay. Quizá sea la adrenalina. La culpa de todo no la tiene
Yoko Ono. La tienen las hormonas.
lunes, 14 de abril de 2014
MILAGROS
Decía Einstein (un tío muy listo,
físico, y para mí también filósofo), pues bien, decía: “Hay dos maneras de
vivir la vida: como si todo fuese un milagro o como si nada fuese un milagro”.
Y esta pequeña frase encierra mucha sabiduría. Todos los filósofos desde hace
dos mil años hablan de la felicidad. Desde Epicuro hasta John Lennon. A todos
les preocupa lo mismo. ¿Qué otra cosa le puede importar al hombre? A mí me
obsesiona el tema desde siempre. He leído millones de libros de autoayuda,
psicología y filosofía. He observado con fruición a todas las personas que son
felices (para aprender de ellas) y a las que no lo son (para no ser como ellas).
He investigado sobre el tema en cuestión porque me parece fascinante. Y he sacado
mis propias conclusiones. No sé si ciertas o no. A mí me sirven. Cuando uno
vive la vida como un milagro, cuando uno piensa que es un milagro el café con
leche de por la mañana, las cosas se viven diferentes. Porque es un milagro una
comida sabrosa, un paseo en bici, la sonrisa cómplice de tu sobrino. Es un
milagro una conversación interesante, el beso de buenas noches a tu padre. Es
un milagro la luna llena una vez cada veintiocho días. Es un milagro poder
bailar. Es un milagro escuchar una canción que te hace vibrar de emoción. Es un
milagro tu pijama y tu camita cuando estás tan casada. Es un milagro disfrutar
de tu actor favorito en una película, tomarte una cerveza con tus amigos. Es un
milagro recibir una sorpresa o un regalo. Es un milagro que la Tierra de una
vuelta cada día. Es un milagro que el sol salga todos los días. Es un milagro
abrir los ojos por la mañana y saber que sigues vivo. Yo no dudo ni por un
momento que es un milagro. Y quien sepa apreciar estas pequeñas cosas será feliz.
Porque eso es la vida, pequeños momentos que saborear, pequeñas gustos que te
sabes dar diariamente. Nada más. No espero ningún milagro porque el milagro
sucede cada día. Eso es la felicidad. Por lo menos para mí.
miércoles, 9 de abril de 2014
EL BAJO
Vivo en un bajo con los
consecuentes inconvenientes que eso acarrea. Han robado varias veces. De una
manera cutre. Nada de bandas organizadas de rumanos que asaltan chalés de lujo.
Que va. Mi casa es de lo más humilde. Casi no hay cosas de valor. Ni la tele es
de pantalla plana. Los muebles tienen mil años. Los cuadros son de los chinos.
Baratijas. Mi ordenador tiene siete años y el ventilador hace el mismo ruido
que un avión cuando va a despegar. Nada de valor, ya te digo. Pero aún así han
intentado robar varias veces. Ladrones de lo más vulgar. Gente que pasa por la
calle, ve una ventana abierta y mira dentro a ver si hay algo de valor. Ladrones
de poca monta. Los abogados lo llaman hurto; yo, que tengo una prodigiosa
moral, lo llamo robar. Enamorarse de lo ajeno. Tengo que tener mucho cuidado en
no dejar cosas cerca de la ventana, que es donde está el escritorio. Pero aún
así no me fio. Como fumo tengo que ventilar la habitación y eso conlleva dejar
la ventana abierta cuando no estoy. Una rejilla. Ya sé que hay rejas pero y si…
De
camino a comprar el pan me asalta la duda. Y si ellos, los que se enamoran de
lo ajeno, suben la persiana un poco, lo justo para meter algún objeto largo, un
palo o un alambre, y valiéndose de él intentan pescar mis humildes pertenencias.
Mis gafas de sol que me regalaron con una revista, mi móvil, o el portátil. O
lo que es aún peor, y si me roban el último libro de Murakami que me estoy
leyendo y está en la mesita, y ya nunca sabré como termina. Qué horror. Veo las
imágenes del hurto en mi casa tan nítidas que creo que ha sucedido en alguna
película que he visto. Pero sólo ha sucedido en mi imaginación. O no.
Me
ha entrado el pavor. Me vuelvo a medio camino, sin llegar a la panadería. No
puedo andar ni un centímetro más alejándome de mi casa. Lo primero que hago es
ir directamente a la ventana para asegurarme de pillarlos infraganti. Pero sólo
hay unos niños jugando cerca de la ventana con un balón. Inocentemente y ajenos
a mis malos presagios. Entro en la habitación. Todo está en su sitio. Respiro
aliviada. Mi paz dura poco. Oigo un grito. Debe ser mi compañera de piso. Me
acerco corriendo a su habitación. Está muy alterada. Cabrones, repite una y
otra vez. A mí no me han robado pero a ella sí. Un cargador que vale cinco
euros, una crema de manos del Mercadona, euro y medio el bote, y un pen drive
que valdrá cuatro euros. Total del valor en euros que han sustraído: diez euros
y medio. Arriesgarse para eso.
Pienso
en otras desventajas de vivir en un bajo, como las humedades de las paredes, la
poca luz, o la falta de intimidad y empiezo a pensar que quizá debería mudarme
a un piso más alto donde no tenga esos inconvenientes. Pero, de alguna manera,
me siento unida a ese piso. A los rezumaderos de sus paredes, a sus oscuras
cortinas, a tener todo el día la luz encendida. Algo sobrenatural y
todopoderoso me obliga a seguir en él, sufriendo esas calamidades. Algo que
escapa a mi razonamiento lógico, a mis entendederas. Como si alguien me hubiese
embrujado. Como si ese piso tuviese vida propia y quisiera atraparme. De
pronto, me pregunto si tendrán algo que ver los niños que juegan inocentemente
al balón.