martes, 4 de agosto de 2015

LA ÚLTIMA LÁGRIMA



La última lágrima pasó desapercibida porque él iba con la atención puesta en el volante de un flamante y veloz Mercedes blanco. De sus labios brotaban las palabras certeras como dardos y directas a la diana del corazón. Era la última lágrima pero ella aún no lo sabía. Era consciente de que vendrían lágrimas pero por otros motivos diferentes y en otras circunstancias. Llorar en un Mercedes blanco tan pulcro rozaba la paradoja y rebajaba la ostentación, en aquel viaje en la oscuridad de la noche y con la luna cómodamente agazapada en el cielo.

Pensó que había llegado el momento de quitarse de encima el jersey de lana que llevaba en pleno agosto, aunque el aire acondicionado del Mercedes estuviese a 19 grados exactamente. Ese jersey la estaba asfixiando. Lo dudó pero llegó a la determinación de que prefería quitar el aire acondicionado y abrir la ventanilla para sentir el aire de la ciudad. Un aire renovado, no encapsulado. Sin el fastidioso jersey no era necesario el aire acondicionado. A veces las cosas son así de simples y nos negamos a verlas. La lógica aplastante se irguió por fin.

Mientras la aguja del cuentakilómetros marcaba los 50 kilómetros por hora, se quitó el jersey apagó el aire acondicionado y abrió hasta abajo del todo la ventanilla; todo en uno, sin vacilar, y en ese orden. Por fin respiró aliviada. Se había acabado la tortura. Con un poco de suerte esa noche dejaría de soñar con gusanos babeantes y asquerosos trepando por su piel.

MI CUEVA



Incienso Champa de la caja azul. Memorias de una Gheisa. Brazos tendidos y piernas estiradas boca abajo. Entro en mi cueva. Es un lugar frío cubierto de blanca escarcha. Hay estalactitas de gélido hielo colgando del techo. El  vaho sale de mi boca con cada expiración. Busco mi animal. Hay un gato siamés blanco echado y me mira fijamente. Escucho un ruido. Miro y te encuentro. ¿Cómo has llegado hasta aquí? Estúpido farsante. Te grito que quiero que te vayas. Tu sonrisa se congela ante mi pasmoso rostro. Aquí no hay sitio para los tres. El gato siamés blanco se levanta dispuesto a irse. ¡No!, grito. El gato desaparece y nos quedamos solos. ¿Por qué has venido?, digo desolada mientras de mi boca sale vaho. Él sigue sonriendo callado. No tenías derecho. Has profanado un lugar sagrado. Inspiro fuertemente y abro los ojos. La cueva ha desaparecido y en mi retina se ha quedado grabada la imagen, en pause, de su sonrisa congelada.

sábado, 18 de julio de 2015

DUELO



Aún escuece cuando te veo. Aún me afecta tu sonrisa y tu mirada está anclada en mi recuerdo como ese musgo que se adhiere a las rocas del mar. Aún pienso en ti antes de quedarme dormida y te cuelas en mis sueños. Todavía, en mi fuero interno, pienso que por un azar vertiginoso de la vida, por una pirueta de esas que te dejan con la boca abierta, tú seas para mí para siempre. Aún lo creo. A pesar de todo.
Pero eso forma parte del duelo, las dudas infinitas, el deseo estancado de tenerte a mi lado. Te irás de mi vida poco a poco, como se fueron los demás, los que no eran para mí. Este duelo ya lo he pasado otras veces pero duele como el primero. Duele que te vayas de mi vida, que se me rompa el alma de saber que nunca más volveré a abrazarte.
Y un día, sin más, descubriré que tu viva imagen no me sorprende en las tareas más anodinas, que ya no pienso en ti antes de dormir, que ya no te cuelas en mis sueños, que ya no se me acelera el corazón cuando te veo. Que ya no tiemblo cuando me parece ver tu figura y luego me he equivocado de persona. Te irás de mi vida sin más. Desaparecerás sin dejar rastro. En mi corazón no quedará ni ápice de tu mirada limpia, de tu sonrisa congelada, de mis noches en vela.
Y me da pena dejarte ir de mi vida, me niego a que te vayas, pero te irás y se secará el rocío con los primeros rayos del sol. Y otro día vendrá con sus aromas nuevos, con sus dificultades y no estarás en mi pensamiento.
Estarás lejos, muy lejos.
Desaparecerás irremisiblemente.
Pero ahora, por ahora, la marea y mañana, mañana, el océano.

EL ETERNO RETORNO



No sé cuantas veces he cometido los mismos errores. No lo puedo saber. Quizá nadie lo sepa. No llevo la cuenta de mis errores y eso es lo peor de todo. Sí. Lo peor de todo. Porque olvidar un error y perder la cuenta hace que los cometas una y mil veces. Así hasta la saciedad.
No sé cuantas veces he tropezado en la misma piedra. No lo puedo saber aunque quiera.  Mi memoria de pez lo olvida. Y por esta razón da igual tener ocho años, treinta y siete u ochenta y uno. Sigo sin aprender.
Alguien dirá (yo misma para darme ánimo en mis horas bajas): Tienes intacta la inocencia. Empiezas de cero siempre. Las heridas te sanan. Pero la otra yo me contesta: ¿Y qué? ¿Qué has ganado con eso? Caer. Caer. Caer. Levantarte. Levantarte. Levantarte. Una y otra vez. Y me cansa. Me cansa tanto. Quizá esa sea mi arma de defensa inconsciente. Para sobrevivir olvido el dolor. 
Pero ahora, ahora me estoy dando cuenta que las heridas deben dejar cicatrices. Y las cicatrices sirven para no olvidar que dolió y no volver a coger ese camino. Quizá en mi cuerpo no haya cicatrices pero debo protegerme de nuevas heridas.
Ahora me estoy dando cuenta por qué Christina Rosenvinge tituló uno de sus mejores discos “Cerrado”. Quiero estar cerrada. Opaca. Impermeable. Como la Rosenvinge en su mejor disco. Llevo demasiado tiempo siendo Sísifo, imaginando a Sísifo feliz subiendo esa pesada piedra eternamente.
Quiero dejar de ir descalza por la vida y aprender. Porque lo que es aprender he aprendido poco de los golpes. Y te puedo asegurar que han dolido.
Y aunque mi admirado Chaplin dijese: “Me encantan mis errores. No quiero renunciar al hecho de equivocarme.” Y  mucho tiempo esa frase la he llevado por bandera, ya no. Me he cansado. Lo siento, Charlot, pero ya no.
Si tuviera que pedir un deseo, ahora mismo, pediría una buena memoria y tener todas esas cicatrices en mi cuerpo. Pero esta noche no he visto ninguna estrella fugaz, ni adiviné dónde tenía la pestaña, ni pude susurrarle a un molinillo mi deseo, ni estrené nada nuevo, ni era San Juan, ni mi happy birthday.

martes, 2 de junio de 2015

AZAR E IMPERFECCIONES



Me da miedo que un altavoz no esté bien anclado a la pared y se abata sobre mi cabeza.

Me da miedo cuando hay una concentración de   gente grande encima de un parking o de una terraza, por si no está calculada la estructura para esa sobrecarga, o que, ni siquiera se calculase, por ser muy antiguo.

Me da miedo que se desprendan las cornisas por falta de adherencia, que las tejas no soporten un día de fuerte viento, que un cristal caiga, por un azar desconocido, dentro de mi bota y corte como un bisturí venas y arterias.

La imperfección domina el mundo. Todo es falible. Los errores humanos unidos al azar proliferan en un mundo imperfecto.

LA PRUEBA DE TYLER DURDEN



Durante unos días Tyler Durden se ha metido en vuestras vidas y las ha anegado de sus mordaces pensamientos. Se ha colado en la intimidad de vuestras casas.

Durante unos días Tyler Durden ha dinamitado con polvo de hipoclorito vuestras vidas y ha dejado una cicatriz en el dorso de vuestras manos que deja de doler sólo con vinagre y, que empezó a doler con la saliva de los labios húmedos de Tyler.

Durante unos días habéis sido el conductor biliar furioso de Jack, la sensación de rechazo rabiosa e irritada de Jack, las tripas retorcidas y vacías de Jack.

Durante algunos días mucha gente se habrá preguntado quien es Tyler Durden.

En algún punto de este planeta que camina hacia la autodestrucción Tyler Durden y Chuck Palahniuk se reirán.