Bienvenidos a esta humilde morada. Aquí encontrareis poesía, cuentos, citas, reflexiones y pensamientos de Teresa Lao y de otros autores, interesantes para la Maga. Adelante...te estábamos esperando...
martes, 9 de marzo de 2021
UNA PROFESIÓN CON PROYECCIÓN
domingo, 21 de febrero de 2021
EL POTRO DE VALLECAS
“Habría sido insufrible ver a ese pedazo de cachas haciéndole el boca a boca”, pensó la gente en aquellos momentos. “Músculos de acero” le apodaban en Vallecas. Pero, como pasa a veces, no hay que fiarse de las apariencias. Ese fornido cuerpo escondía un alma sensible. Lloró en silencio y en la más absoluta intimidad viendo “Qué bello es vivir”. Devoró las obras completas de Bécquer. Una profunda melancolía lo embargaba escuchando fados. Cuando aquella chica se desplomó en la parada de metro Tirso de Molina, no se lo pensó dos veces. Por suerte, la chica volvió en sí antes de comenzar la reanimación cardiopulmonar. Y la gente cavilando: “Más biblioteca y menos gimnasio”.
BUENA SUERTE. MALA SUERTE. ¿QUIÉN LO SABE?
Cómo íbamos a imaginarnos que no sabía nadar. Se había tirado en paracaídas. Había hecho puenting. Todas las Navidades a Navacerrada a hacer snowboard. Escalada libre y parapente los fines de semana. “Un enganchao a la adrenalina”, decía su mejor amigo. “Me tiene en un sinvivir”, afirmaba su sufrida madre. Ni un rasguño. ¿Suerte quizás? La suerte a veces mira hacia otro lado. Un crucero de lujo. Ya ves, el sueño de cualquiera. Él allí, en el borde de la piscina, con su caipiriña. “Una broma con final dramático”, explicaba el periódico. “Qué muerte tan absurda. Ahogarse en la piscina de un barco”, se comentó en su barrio.
POR LOS AIRES
Su marido era insufrible. Adelaida me lo contaba todo. Que si a esto lo llamas tú comida. Vaya asquerosidad. Que si no dices más que tonterías. Nadie te soporta. Te vas a quedar sola. Soy yo el que trae el dinero a casa. No haces una a derechas. Inútil. Más te valdría no haber nacido. Llorando lo arreglas todo. Pero Adelaida tenía un plan. Era su secreto. A mí sí me lo confesó. Contaba los días. Ese no vuelve a ponerme un dedo encima. En eso lleva razón. Sola estaré mejor. Qué bonito será verlo todo por los aires, solía decirme.
EL SENTIDO DE TU EXISTENCIA
Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce el hombre cuelga en el armario el uniforme impoluto. No ha reparado en ti. Hace mucho que no lo hace. Viene de una guerra lejana pero aprendió contigo los misterios de una buena maniobra. De eso estás muy orgulloso aunque ahora ocupes el estante con más polvo. La vieja casa está en silencio. Tú ya no esperas nada pero te alegra verlo volver sano y salvo. De pronto una algarabía llega a tus oídos de bronce. Alguien te agarra fuerte de las piernas. Vuelve a tener sentido tu existencia, después de tantos años.
MANIOBRAS PARA UNA VIDA ADULTA
Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce te preguntas cuándo fue la última vez que te cogió entre sus manitas. Él que, hasta hace poco fue un niño, ha desplazado sus viejos juguetes al fondo del armario. Allí estás tú. Inservible. Inútil. Viejo. Oxidado. Tu época dorada ya pasó. Cuesta aceptar que todo acaba, que tu cometido ha tocado fin, que tu lugar ahora es el fondo del armario, que él cambió su balón por gasolina. Ahora le toca emprender una guerra interna. Aprendió contigo todo sobre una buena maniobra. Te preguntas si se acostumbrará al mundo de los adultos.
martes, 29 de septiembre de 2020
SAD EYES
Tenia
los ojos más tristes del mundo. Cuando me miraba sabía que había dejado
mucho atrás, que su pasado le perseguía. Nunca le pregunté nada ni me
atreví a buscar respuestas en su cartera. Me miraba y sentía que el
mundo se hundía bajo mis pies. Cuando hacíamos el amor lo miraba a la
cara y me entraban ganas de llorar. Mi empatía con aquellos ojos verde
marihuana hacia agua mi alma y me rompía en pedazos. Él siempre me
desnudaba muy muy despacio y tenía la piel fina y suave como el papel de
fumar. Su ternura se derramaba sobre mis labios, me desarmaba y me
hacía resbalar sobre su cuerpo en las madrugadas infinitas. Sus besos
sabían a fruta silvestre madurada al sol. Su pelo lacio y abundante se
enredaba entre las sábanas y yo lo peinaba con mis dedos. Cuando le daba
el sol tenía mechones rubios o canosos según le diesen los rayos de
sol.
No le gustaba salir de casa. Nunca fuimos juntos a ningún
bar. Creo que temía que nos encontrásemos a alguien que formase parte de
su oscuro pasado. Ese pasado turbulento que guardaba celosamente en las
diminutas vetas y partículas de sus inmensos ojos verde marihuana. Él
contenía en su mirada todas las preguntas. A mí no me importaba no tener
las respuestas. La incertidumbre era mi patria.
Tenía los ojos
más tristes del mundo. Me dolía su mirada. Supe que algún día partiría,
que era nómada de un desierto que yo desconocía. No quise retenerlo. Me
desperté desnuda y no estaba en la cama. Me quedé flotando en la
superficie de la luna. Sin gravedad. Sin oxígeno. Busqué una pista o una
nota. Había dejado en la mesita de noche tres cigarros y un cogollo de
marihuana. Supe que no volvería. Supongo que sus heridas eran muy
profundas para una piel tan fina y suave. Tenía metralla en el corazón.
El mundo era demasiado despiadado para una piel transparente y frágil
como el cristal de bohemia. Creí que podía salvarlo. Creí que el
universo estaba de nuestra parte pero los desiertos del alma y la
metralla del corazón pueden arrancar la hierba que crece bajo mis pies.
Aún
sueño que lo miro fijamente a la cara cuando hacemos el amor y le
acaricio su piel tersa y cálida como el terciopelo. Me despierto con
lágrimas en los ojos, el corazón latiendo fuerte y sus tristes ojos
verde marihuana congelados en mi retina.
PANTEISMO
"Lluvia,
háblame,
hazte tormenta y arrásame.
Lluvia,
devuélveme a los que he perdido,
a los que amé"
Amaral
Hoy
hace un año que falleció mi padre y está lloviendo. A él le encantaba
la lluvia. Decía que le hubiera encantado tener el grifo del agua que
caía del cielo para regar el campo, sus hermosos bancales y secanos
llenos de árboles con frutos. Yo sé que Dios le ha otorgado ser el dueño
de ese grifo, al menos por hoy. El cielo está encapotado como mi
corazón. Lleno de nubes blancas como las flores de los almendros. Con
una luz amarillenta como en las puestas de sol. La belleza del cielo,
del campo, de la luz del atardecer solo es comparable a la belleza de su
alma. Papá, hoy tú eres el dueño de la lluvia, de los relámpagos y
truenos. Dueño del cielo. La lluvia que cae viene de tus manos robustas y
fuertes. Sé que estás detrás de cada puesta de sol, sé que estás detrás
de cada abeja que liba de una flor y de la luna cuando nos ilumina el
camino en la oscuridad. Sé que estás más allá de las estrellas y del
firmamento. Sé que tu luz no se ha apagado. Que eres el sol, la luna,
las estrellas, los gorriones, las uvas que maduran al sol y la lluvia
cuando cae con abundancia y furia como si alguien hubiese dejado el
grifo abierto.
El día del entierro de mi padre en la plaza del
pueblo una bandada de pájaros levantó el vuelo a la vez para despedirlo.
Yo me quedé mirando el cielo mientras alguien me susurraba: - Mira qué
homenaje a tu padre.
Tú eras la naturaleza y la naturaleza eres tú.
Por eso sé que sigues vivo en alguna estrella o entre las nubes.
Mientras siga habiendo luna, sol, nubes, estrellas, abejas, uvas y
ciervos tú seguirás vivo.
lunes, 28 de septiembre de 2020
EL VERDADERO KURT COBAIN
“Las estrellas están ahí,
sólo debes mirarlas…”
Kurt Cobain
EL VERDADERO KURT COBAIN
Yo conocí al verdadero Kurt Cobain. Vestía chaquetas de lana raídas y camisetas viejas y descoloridas. Tenía los ojos más bonitos que había visto nunca. Azul de las profundidades marinas. En ellos podías bucear y nunca querías salir a la superficie. Dicen que el alma asoma a los ojos o a la mirada. El alma de Kurt Cobain era azul y profunda. Si lo mirabas podías saber lo que le preocupaba. Supongo que tenías que mirar más allá de las diminutas vetas de sus pupilas azul índigo. Aunque también supongo que quizá para verlo mejor tenías tú que cerrar los ojos. Contradictorio, ¿no? Creo que no. Quizá no me explique bien.
La primera vez que vi a Kurt Cobain fue en una foto que le hicieron desprevenido. No estaba mirando a la cámara. En la foto llevaba una vieja chaqueta de lana color beige y a partir de esa imagen nació la estética grunge. Él no pretendía ser un icono de nada pero lo llegó a ser sin proponérselo. Él nunca supo lo guapo que era ni le importaba. Eso lo hacía aún más bello. La segunda foto que vi de Kurt Cobain no quise haberla visto nunca. Se me rasgó el alma en dos. Quise borrarla de mi retina pero ya era demasiado tarde. Se grabó en ella y se quedó en el recuerdo para siempre. Estaba llorando y se tapaba la cara. También estaba desprevenido. Llevaba unas converse y unos vaqueros rotos. Estaba tan triste que no reparó en que lo estaban fotografiando. No le gustaban las cámaras. Si hubiese sabido que le estaban haciendo una foto quizá se hubiese abalanzado contra la cámara y la hubiera destrozado como destrozaba guitarras en sus vídeos musicales. Supongo que la vida le pesaba y la heroína le aligeraba el peso de la vida. Nunca llevó bien la fama. Nunca quiso lo que todo el mundo sueña. Nunca quiso ser en lo que se convirtió y eso lo mató. Le mató no querer lo que era, no saber lo que era, no encontrarse cuando se miraba al espejo.
Kurt Cobain nació en Aberdeen el 20 de Febrero de 1967. El verdadero Kurt Cobain nació el 5 de Abril de 1994, justo cuando Kurt Cobain disparaba en Seatle el revolver que dio directo en su sien. En ese preciso momento y ni antes ni después nacía en Figueras el verdadero Kurt Cobain con unos ojos azules de las profundidades marinas que dejaron boquiabiertos a sus padres y a la matrona que lo trajo al mundo. El mito que inventó y luego despreció el grunge tenía 27 años. Justo la edad que tiene ahora el verdadero Kurt Cobain. Yo conocí al verdadero Kurt Cobain con la edad en la que el de Seatle se quitó la vida. La vida se reinventa. Nada muere. Todo se transforma. Para que naciera el verdadero Kurt Cobain tuvo que morir Kurt Cobain.
El verdadero Kurt Cobain remolonea en la cama por las mañanas antes de levantarse. No suele peinarse su cabello rubio laceo y enmarañado al igual que su predecesor y se despierta con un aire soñoliento en la mirada. Lleva una vida mucho más anodina que el vocalista de Nirvana. Le gusta mucho el cine, los kebabs y la coca-cola y siempre desayuna Nesquit. Odia el café. Eso sí. Le gustan las camisetas viejas y descoloridas y la mayoría de las veces se las pone al revés. Lleva en su sangre la rebeldía. En invierno usa jerseys y chaquetas de lana como el del club de los 27. Cuando se mira al espejo le parece ver a alguien que se parece a Kurt Cobain, sobre todo por los ojos, pero puede reconocerse y saber quién es más allá de parecidos razonables. Le hace sombra el de Seatle. La gente lo para por la calle y le dice: - Ey tío, joder, cómo te pareces al cantante de Nirvana. Se quedan atónitos. Él sonríe como sonreía el otro y mira hacia otro lado. Tampoco le molesta tanto la fama como al que murió cuando él venía al mundo. No cayó en la misma trampa. Aprendió la lección. Aprendió a sobrevivir en la adversidad, a alimentarse de fantasía, a amar al que le devuelve el espejo aunque se parezca al que marcó a la generación X. Él no es tanto. No ha hecho tanto pero le ha costado 27 años aprender a mirarse al espejo sin huir de él. Remolonea en la cama cuando le suena el despertador y se conforma con su vaso de Nesquit. Yo creo que Kurt Cobain envidiaría al verdadero Kurt Cobain. Por su forma de mirarse al espejo. Por su manía de apartar la verdura del plato. Por su manera de acariciar.
Hay una pequeña diferencia entre los dos. Kurt Cobain tenía las manos con dedos largos y fibrosos y tenía un don para tocar la guitarra y una voz rasgada de barítono ligero espectacular. El verdadero Kurt Cobain no ha heredado esto. No tiene esa voz privilegiada ni toca la guitarra pero tiene un don para las caricias. Aunque tampoco lo sabe. Ni sabe que tiene los ojos más bonitos que han nacido sobre la Tierra, al menos desde hace 27 años. A veces alargo mis dedos y toco tímidamente su cabello y el tacto es suave. Acerco mi nariz a un mechón de su pelo y huele a hierba fresca, a fragancia profunda, al mar en toda su rebeldía. Cuando el verdadero Kurt Cobain se recuesta a mi lado y me acaricia el brazo con un solo dedo y me mira con sus espectaculares ojos azul índigo pienso en el otro, en el que se fue antes de tiempo, en porqué se fue, en qué pensaría cuando se miraba al espejo, en porqué nunca miró dentro de sus ojos azul de las profundidades marinas, en si apartaba la verdura del plato y en la casualidad que los unió a los dos.
Madrid, 5 Agosto de 2021
viernes, 1 de mayo de 2020
EL HOMBRE PÁJARO
jueves, 13 de febrero de 2020
MERCEDES
"A la memoria de Mercedes, una mujer de una gran calidad humana, con la que compartí momentos que quedarán indelebles en mí”
NUNCA SE SABE
Una vez Ella y yo nos fuimos de vacaciones. Ella podría haber sido mi madre. Peinaba canas y tenía los labios tan finos que parecían una línea en el mar. Se los pintaba rojo pasión. Se pintaba los labios. Yo solo me pintaba los ojos. Supongo que nos complementábamos. No la conocía mucho pero las dos queríamos viajar y éramos vecinas. Nos cruzábamos en la escalera y siempre charlábamos un buen rato de cosas intrascendentales. Ocultaba algo tras sus ojos tristes. Siempre me pareció una mujer interesante. La gente solitaria me lo parece. Así que me decidí a irme de vacaciones con una completa desconocida. Las dos queríamos un lugar con mar y que el sol calentase nuestros huesos y tostase nuestra piel. Vivíamos en un pueblo de sierra donde siempre hacía frío, hasta en verano y donde solo había montañas. Queríamos alejarnos de cualquier cosa que se pareciera a lo que teníamos delante de nuestras narices cada uno de nuestros solitarios días. Nos decidimos por San José. Estaba muy cerca pero eso nos daba igual. Las dos andábamos escasas de pasta y nos parecía un sitio idílico. Ella tenía allí una amiga con una casa pequeña que alquilaba en los meses estivales y nos hizo un buen precio. Cuando me recogió me dijo: -¿Nos mudamos a las Bahamas? ¿Para qué tanto equipaje? y sonrió. Yo nunca supe hacer una maleta con lo indispensable. Todo me parecía importante para nuestra aventura. Ella llevaba solo una maleta azul claro pequeña y un neceser. Cuando se sentó al volante y encendió uno de sus cigarrillos negros me pareció que éramos una versión de Thelma y Louise a lo spanish. Me gustó esa sensación. Durante el viaje paramos a echar gasolina y cuando se montó al coche dijo: - Esto es súper importante. Y sacó de su bolso una barra de labios rojo pasión y se los pintó en el espejo retrovisor. - Nunca se sabe - aseveró poniendo el motor en marcha. Se le notaba que le gustaba conducir. Adelantamos varios camiones sin titubear. Su coche se deslizaba con suavidad sobre el asfalto y yo me preguntaba de qué pasta estaría hecha una mujer así.
Llegamos entrada ya la tarde y nos fuimos a dar un paseo por la playa sin
deshacer el equipaje siquiera. Hacía una temperatura muy agradable y no
queríamos perdernos la puesta de sol. Mientras desaparecían tímidamente los
últimos rayos de sol Ella me dijo:-Jo. Hacía mucho que necesitaba esto. Yo
asentí y pensé: "Qué sola ha debido sentirse día tras día en ese piso. ¿Por
qué no habría descubierto yo antes la mujer que habitaba detrás de esos ojos
tristes?
La primera noche la pasamos bebiendo cerveza y charlando. Yo ponía música y
ella me decía: - ¡Pero si te gusta la música de mi época! y se echaba a reír a
carcajadas. La tercera noche me pareció que sus ojos estaban menos tristes. Nos
confesamos todo lo que nos quemaba por dentro sentadas a la mesa de aquella
cocina. Las dos habíamos perdido al amor de nuestra vida. En aquella mala racha
las dos dormíamos con somníferos y a veces ni dormíamos. Nos enseñamos las
fotos de aquella época pasada. Las guardábamos celosamente en nuestra cartera y
a las dos se nos encogía el corazón al mirarlas. Todo eso estaba ahora lejos de
aquel mar que se escuchaba desde la casa pero había dejado huella. -Fumamos
demasiado- le dije yo prendiendo un cigarro. - Estamos de vacaciones. A la
vuelta nos quitamos. La última noche me atreví a decirle algo: - Me hubiera
gustado que hubieras sido mi madre, Mercedes. Y a Ella le resbaló una furtiva
lágrima por la mejilla. No dijo nada.
Cuando recogimos las cosas para irnos
Ella volvía a tener los ojos tristes. Me pregunté a qué lugar hostil volvería.
Yo pensé ingenuamente que todo iba a cambiar. Que se acabarían los días y las
noches solitarias para las dos. Que nunca más volveríamos a ver fotos antiguas
con la desazón de lo que has perdido y nunca más volverá. Que la soledad se
evaporaría. Que las olas del mar de San José se llevarían todo lo que nos
dolía. Que la esperanza sembraría nuestro futuro y que lo mejor estaba por
llegar. Dios tenía otros planes. Como casi siempre que crees que todo está
resuelto por fin. Dios tenía otros malditos planes. El universo me cambió todas
mis putas respuestas.
Ahora, cuando veo el piso de Mercedes cerrado y nadie sale de él se me hace un nudo en la garganta. Dios me cambió todos los planes. Ahora ya es tarde para lamentos. Ahora Ella no está y no puedo dejar de recordarla pintándose los labios de rojo pasión en el retrovisor y diciéndome:
- Nunca se sabe.
CUATROSCIENTOS GOLPES CONTRA LA PARED
Christina y los subterráneos
LA MILÉSIMA VEZ
Justo después de hacer el amor tuve que decirle lo que me reconcomia por dentro.
- Tengo que hablar contigo - dije con todo el acopio posible de mis últimas fuerzas. Él me miró con sorpresa.
- Necesito saber si la puerta está cerrada para poder abrir ventanas que aireen la casa.
- Creí que había quedado claro. La puerta está bien cerrada. - aseguró con una pasmosa calma.
Fue un golpe certero. Creí que iba a desmayarme pero no dije nada. Contuve el aliento. Me levanté de la cama poniendo una mano en mi costado donde había dolido y me fui directa a la ducha. Quise borrar sus huellas y su olor de mi cuerpo. Me quité la pulsera que me regaló y la tiré con rabia al suelo. Era increíble pero no podía llorar. Me habían roto tantas veces mi maltrecho corazón que encajé el golpe y no me derrumbé.
Volví al dormitorio. Él estaba fumando tranquilamente un cigarrillo de marihuana. Me vestí rápido y le dije:
- Quiero que te vayas. Cuando vuelva no quiero que estés en esta casa.
Salí a la calle y el aire frío penetró directo a mis pulmones. Me fui a la calle para borrar su olor, su pulsera, sus cigarrillos de marihuana y las cien noches que pasamos juntos. Quería borrar también mis huellas sobre el asfalto gris. Quería a alguien que me arrancase de cuajo esta pena.
ABEL, EL CHAMÁN
Estábamos tomando un té Roibbos en mi casa. Le pusimos un poquito de xilitol. Él conocía mi problema. Mi problema tenía los mismos años que nuestra amistad. Yo le llamaba "mi problema". No quería llamarlo mi enfermedad ni mi dolencia ni nada que agravara el asunto. Él y yo. Me refiero a mi problema y a mí sabíamos que la mente oye todo lo que dices y se lo cree. Por eso ni él ni yo queríamos dramatizar demás. Mi amigo Moisés y yo llevábamos años investigando juntos y probando todo lo que caía en nuestras manos, todo lo que nos recomendaban o cualquier novedad que saliese. Moisés se lo tomaba como si fuese su propio "problema". Era como un hijo de los dos. "Nuestro problema"
Mi problema estaba en mi cabeza. Para cualquier persona hubiera sido una soberana tontería. Para mí (para nosotros) era algo muy serio. Algo de supina importancia. Me condicionaba la vida desde hacía muchos años. Tenía unas horribles jaquecas. Me dolía tanto la cabeza que creía que tenía una bomba dentro de ella a punto de estallar. A veces deseaba la muerte. En silencio. Cuando estaba en la más absoluta soledad. En la más absoluta clandestinidad. Si no hubiera sido por Moisés no sé qué habría sido de mí. Él venía a casa con los ojos inyectados en ilusión. "¡Me han mandado algo nuevo! Dicen que es infalible." Mientras yo me retorcía en el sofá y mordía los cojines. Él dejaba la compra y me abrazaba con lágrimas en los ojos. "Ya verás como esto no falla"
Yo trabajaba en un laboratorio químico. A veces pasaban meses sin molestarme "mi problema". Pero cuando arremetía el dolor era como un martillo de cien toneladas aplastándome el cráneo. Pasaban por mis manos cientos de analíticas de cientos de personas que yo no conocía pero que también sufrían en silencio, en la clandestinidad. Yo analizaba su sangre, sus glóbulos rojos, sus plaquetas. Y esos tubos de sangre me daban ánimos. Veía esos tubos y una llama se avibaba en mi interior. "La ciencia tiene todas las respuestas. La ciencia me curará". Era mi esperanza. Aún quedaba hueco en mi cabeza para la esperanza. Aunque una leve sombra siempre sobrevolaba sobre mi esperanza.
Delante del té Roibbos Moisés me habló de él y yo le escuchaba incrédula.
- Dicen que ha curado a muchos desahuciados. Incurables.- me relataba Moisés con los ojos inyectados de ilusión como siempre.
-¿Es un curandero? Ya sabes lo que yo pienso de eso. - decía yo removiendo el xilitol con la cucharilla.
Yo a veces creía que no volvería. Que "mi problema" se había ido, volatizado, desaparecido de mi vida. Esa tarde yo estaba contenta y creyendo de veras que el problema se había evaporado.
- No pierdes nada. Anda. Por favor.
- No creo en los superpoderes de nadie que no sea la ciencia. - hablaba mi formación científica en Ciencias Químicas. - Lo mismo no vuelve.
- Eso dices siempre. Llevas muchos años así. Tienes que deshacerte de esa esperanza. Esa esperanza te está matando lentamente.
- Será un estafador. - yo seguía en mis trece pero Moisés era más testarudo que yo.
- ¿Qué me dices si te digo que no cobra nada? Te he cogido cita para mañana por la tarde. Tiene mucha lista de espera. Me ha hecho un gran favor. Me ha dicho que tienes que ir tú sola. No me deja acompañarte. ¡No seas tan testaruda! - dijo sonriendo y se abalanzó sobre el sofá para darme un abrazo. No podía negarme. Si no hubiera sido por Moisés yo no estaría viva.
- Dicen que antes era policía y que mató a alguien y dejó el cuerpo de la policía. Pero todo eso no son más que habladurías. Ten fe. Confía.
- ¿Cómo se hace llamar?
- Abel, el chamán.
A las 3 y media de la tarde estaba en la calle "Laguna elevada" a la puerta del número 7 dudando si llamar. Era una casa de planta baja sin terminar. Estaba como dejada a medias. Con el enfoscado de cemento. Sin pintar. Con las jambas de las ventanas aún con los ladrillos sin el acabado. La puerta de madera estaba ajada por el tiempo. No parecía una puerta de una obra nueva ni había ningún timbre a la vista. Me quedé allí varada un buen rato navegando entre mil dudas. De repente la puerta se abrió y salió un niño de unos tres años muy moreno y menudo, con los ojos muy oscuros. No pareció reparar en mí. Sólo llevaba puesto un pantalón corto a pesar de que estábamos en pleno invierno. Tras el niño salió una mujer bajita, también morena, con una falda de colores y supuse que eran sudamericanos. La mujer me sonrió y me dijo: - Abel te espera. Enseguidita lo llamo. Yo no dije una palabra. La mujer se volvió hacia el interior oscuro de la casa y dijo: - ¡Abel! Apúrate, que te buscan. Al momento apereció Abel. Era un hombre menudo como su hijo y los dos tenían los mismos ojos oscuros. Parecía un hombre desvencijado como la puerta de madera. Me pareció un hombre de campo. No supe calcularle la edad pero aparentaba más de la que tenía, sin duda. Tenía unas arrugas profundas que le cortaban la cara y su piel estaba quemada por el sol. Cuando me echó la mano para presentarse la tenía encallecida y eran unas manos robustas y muy grandes. - Abel. A su servicio, señora. Me extrañó que me llamara señora cuando yo era al menos 20 años más joven que él. Cuando me estrechó la mano fuertemente sentí un calor extraño en mi mano izquierda y mi mano derecha que no lo había tocado se contagió del calor. Estábamos a mitad de Diciembre y aunque era mediodía el sol estaba escondido detrás de unas gruesas nubes. Al mirar a ese humilde hombre y a esa humilde casa me tranquilizé un poco.
- Pase, señora - dijo Abel como si él fuese parte del servicio de esa casa y yo la dueña.
Pasamos a un exiguo salón con unas cortinas estampadas y pocos muebles. Una mesa camilla y dos sillones de escay. Sofá no había. No hubiera cabido. Fui a sentarme y Abel me dijo: - No. De pie, señora. Se colocó frente a mí muy serio. Puso su dedo pulgar sobre mi frente, un poco más arriba de donde se juntan las cejas. "El tercer ojo" pensé yo. Había leído ese libro de la historia de un Lama. - Tienes el aura azul oscuro - dijo Abel y por primera vez no me dijo "señora".
- ¿Cuándo empezó el dolor?
- Con la primera regla - dije yo. - Has tenido una transición difícil de la niñez a la madurez. Te quedaste atrapada en la cabeza de una niña. Entonces me cogió las manos entre las suyas y volví a sentir ese calor. Abel cerró los ojos. - Te gusta la vida sin alarmas ni sorpresas y sólo crees en lo que ven tus ojos. Pero no importa. Yo guardé silencio y también cerré los ojos imitándolo. Soltó mis manos y me dijo: - Ya está. El dolor se ha ido para siempre. Bienvenida al mundo de los adultos. Yo no sabía si creerle. - ¿Te puedo hacer una pregunta? - me atreví a preguntar.
- Claro, señora. Lo que quieras. - ¿Tienes súper poderes? - No, señora. Yo solo tengo energía y la transmito a sus chacras. ¿Sabe usted lo que son los chacras? Yo tenía una leve idea. - Sí. Supongo que sí. - Sus chacras estaban estancados. No quería usted dejar de ser una niña y por sus chacras no fluía la energía. Yo se la he devuelto. - ¿Te puedo hacer otra pregunta? - Claro, señora. Lo que quieras.- volvió a repetir ufano. -¿ Es cierto que mataste a un hombre?. Sobre sus ojos cruzó una sombra y casi me arrepentí de mi atrevimiento. - Fue un accidente. Él no debía estar allí. Yo no debía estar allí. Él no debió morir. Y clavó sus ojos oscuros en el suelo de cemento sin baldosas del salón. Me dio tanta pena que me acerqué a él y le di un abrazo.
- Gracias. Seguro fue un accidente. Son cosas que pasan. No hay que darle vueltas.
De esto hace 7 años. El martillo de cien toneladas aplastándome el cráneo desapareció para siempre. Tuve que darle la razón y las gracias a Moisés. A veces pienso que fue casualidad. Mi esperanza me sigue nublando la mente. "Mi problema" se evaporó como el agua de las lagunas que se secan. En las Navidades siempre voy a la casa de Abel y les llevo regalos y comida. La casa sigue a medio terminar siempre que voy. Es la casa que nunca termina de construirse. El día que terminen de construirla, Abel, el chamán, habrá perdido el poder de sus manos y su energía se habrá volatizado como mi esperanza.