jueves, 13 de febrero de 2020

LA CASA DE MIMBRE

Me dijo que tenía el pasado
cosido de cicatrices,
que era un hombre solitario
y que su casa era de mimbre.

Me resultó extraño que mintiera,
que nos mirase con admiración
y que un hombre tan solo
quisiese matar su soledad con nosotros.

Tenía heridas en sus dedos,
no cicatrices.
Tenía unas botas nuevas
pero baratas.
Tenía un bigote
postizo.

Vivía en el centro
y mintió cuando dijo
que le gustaba estar solo
en su casa de mimbre.

Me lo imagino
con sus muebles de mimbre,
con sus manos de mimbre,
con su corazón de mimbre
latiendo despacio
mientras toca el piano
con sus amantes de mimbre.

Le miré a los ojos
cuando nos despedimos
y supe que no mentía.
Vivía en una casa de mimbre
porque no quería más cicatrices.

Me dijo clavandome sus ojos:
-Lo creas o no...
las cicatrices no son de mimbre.

LOS SILENCIOS DE MI PADRE

Él comía siempre en silencio y muy despacio. A él nada le ponía nervioso. Él era la calma y la quietud. Era la paz hecha carne. En las nochesbuenas, en las noches de paz él brillaba en silencio como las estrellas. Ahora él es una estrella y cuando miro el cielo desde la terraza lo veo a él brillando en la inmensidad. Su silencio ha dejado un hueco que no puede llenar toda la música del mundo. Recuerdo cuantos silencios compartí con él y en todos ellos sobraban las palabras.  Solo había que mirarlo a sus hermosos ojos azul grisáceo para descubrir cuanto amor había en su corazón. Me ha dejado cubierta de un manto de amor. Cuando llegaba tarde por la noche me asomaba sigilosa a su dormitorio y si estaba despierto le hacía una tila y compartíamos el silencio de la noche que siempre rompía yo diciendole: - Papá, cuéntame cómo se vivía cuando tú eras joven. Me relataba alguna historia y luego me decía: -Acuestate, Mari Tere, que nos desvelamos.

Ahora me gustaría mucho desvelarme mientras me contaria sus historias. El ruido de la casa se hace insoportable. Echo de menos el silencio que él construyó. Echo de menos sus manos robustas y cómo adoraba las fresas con nata. Me pregunto si la vida le pasó de largo. Cuántos amaneceres contempló. A cuántas mujeres amó. Cuánto soñó despierto y cómo de libre llegó a ser.

Papá, te echo de menos.

TÚ Y YO

Dos ciegos intentando cruzar
una autovía de 7 carriles.
Dos exploradores perdidos de noche
en mitad de una selva llena de peligros.
Dos desertores de la guerra.
Dos extraterrestres en la Tierra.
Dos excursionistas en la Antártida.
Sin provisiones. A 23 grados bajo cero.
Sin guía y sin brújula. Rodeados de hielo abrasador.
Dos refugiados en un país extraño
que desconfía de nosotros.
Dos piedras en mitad del desierto
cobijando a un escorpión.
Dos animales heridos que muerden
la mano que les da de comer.
Dos perros apaleados.
Dos náufragos del Titanic.

Imposible...
Cruzar la autovía con vida.
Resistir el frío.
No morder la mano.
Volver a Marte.
Matar al escorpión.
Encontrar la brújula.
Ganar la guerra.
Ganarse la confianza.
Ganarse el pan.

Quizá olvidamos la primera ley de Murphy:
"Si se encuentra usted en un hoyo deje usted de cavar"

A PIE DE CALLE


A pie de calle huele a potaje y jengibre.
Los adoquines son nuestra única pertenencia y los compartimos.
Tomamos duchas bajo las farolas.
Las aceras son cómplices de algo hermoso
que se te disuelve entre los dedos al amanecer.
La música se filtra por las ranuras de las puertas
y siempre hay una especie de niebla
que lo envuelve todo en un halo de misterio.

A pie de calle no nos dejamos seducir por músicas fáciles.
Se escucha Ella Fitzgerald, Leonard Cohen o Fletwood Mac.
Siempre hay libros.
Entre nuestras piernas.
En el regazo.
Durmiendo en su estantería.

Puedo escuchar tu silbido antes de llegar a casa.
Los vecinos miran extrañados
como se llena este hogar de amigos.
Puedo tomar una copa de vino
con una cúpula de estrellas sobre mi cabeza.

Veo sombras pasar por la puerta
y me pregunto si están tan perdidos como nosotros.
Me entran ganas de invitarlos a entrar.

CREDO


Creo en tus manos sujetando las mías,
en el júbilo de las noches infinitas.
Creo en las miradas que se cruzan,
en el amor de aceras vacías.
Creo en la inocencia de los niños
y en tus pasos trémulos
cruzándose por mi camino.

Creo en tus lágrimas
y me gusta que me llames de madrugada.
Creo que mejoras con tu sonrisa
este pequeño rincón del mundo.
Creo que estás creado para ser feliz,
que eres más fuerte de lo que piensas.

Creo en ti y en tu manera de obrar.
Creo en mí y en mi manera de errar.
Creo en la humanidad
y en su libertad de elegir.
Creo en tus lentas pisadas
y en tu manera de luchar.

Si no creyera en la esperanza…
Si no creyera en la metamorfosis…
Si no creyera que hoy
es el primer día de mi vida…
Si no pudiera partir de cero
cuando me levanto cada mañana.

Si no creyera en tus súper poderes…
Si no creyera en mi luz…

FELIZ NAVIDAD Y VENTUROSO 2020

miércoles, 12 de febrero de 2020

EL HOMBRE INVIERNO


El hombre invierno siempre llega cuando menos te lo esperas. Se calienta con fuego y vive en una cabaña. Al hombre invierno le faltan días en el calendario y se baña desnudo en un río que hay cerca de su cabaña. Incluso en invierno. Incluso cuando nieva. Dice que eso lo mantiene vivo. El hombre invierno nunca olvida su primer amor y recoge leña al amanecer con la única compañía Ronnye, su fiel pastor alemán. El hombre invierno saborea su soledad los días de lluvia y bebe coñac sobre una mesa de madera construida por él mismo. Es habilidoso con sus manos y con las caricias. Le gusta vivir solo en su cabaña cerca del río. 

El hombre invierno sabe quién eres la primera vez  que te ve aunque casi nunca recibe visitas. El hombre invierno calza botas, habla poco y llora cuando nadie lo ve. Al hombre invierno le gustaría verla desnuda sobre su alfombra pero no se atreve a decirlo. Lo piensa cuando habla con Ella y la mira a los ojos pero no se atrevería a decirlo ni por todo el oro del mundo. Es un hombre reservado. No le gusta hablar de sus sentimientos con nadie. Se lo guarda todo dentro y, a veces, le quema como el coñac en la garganta.

Al hombre invierno todo le sabe a derrota pero vuela alto al ponerse el sol. El hombre invierno odia el verano y le gusta que salga vaho de su boca. Los días de tormenta calienta café y se lo toma solo. Sin una pizca de leche. Sin una pizca de azúcar. A veces creé oír un ruido fuera, en la noche cerrada. Ronnye empieza a ladrar. “Buen chico” le susurra. Se acerca a la ventana y frota el vidrio con la manga de su jersey de lana para quitar el vaho y poder ver si son los faros del coche de Ella. Fuera sigue lloviendo. Será un pequeño zorro, piensa para sí. Luego coge un libro de la estantería también fabricada con sus manos, acaricia a Ronnye y se va a otro lugar aunque su cuerpo siga sentado en la silla de madera. Le gustan los libros de aventuras. Al hombre invierno le hubiese gustado viajar pero siempre ha vivido en su pequeña cabaña. Sueña con los fiordos noruegos o los volcanes de Rekiavik. 

Cuando está de buen humor el hombre invierno canta bajo la ducha algún viejo tema de jazz. Sale del baño con el pelo mojado, se sirve un coñac y se dispone a recortarse la barba. El hombre invierno es presa del insomnio las noches de  luna llena. Se levanta a media noche y se sienta a la mesa de madera hecha por él mismo. Ronnye duerme plácidamente. Saca un viejo bloc con gruesas hojas y dibuja lo primero que le viene a la mente. A veces el cuerpo de Ella desnudo sobre la alfombra. A veces un barquito que zozobra en mitad del océano. A veces una pequeña cabaña perdida en un bosque cerca de un río. Guarda el bloc y se va a la cama. “La luna está tan bonita allá en el cielo. Qué noche del demonio”
Cuando el hombre invierno está triste y se siente solo agarra fuerte su guitarra con sus dos robustas manos y toca algún tema de Bob Dylan. Eso le cura un poco las heridas. Ronnye lo escucha con esa plenitud del que sólo tiene ahora. Las notas salen de su cabaña y van a perderse al bosque donde nadie las oye porque no hay nadie a 7 kilómetros a la redonda.  Nadie excepto los viejos álamos, los vencejos  o algún zorro.

Si conocieras al hombre invierno pensarías como yo: que todo le cabe en una pequeña maleta. Que el coñac nunca es suficiente. Que le gustaría verla desnuda. Que nunca tiene frío. Que te conoce de toda la vida aunque nunca te haya visto. Que llega cuando menos te lo esperas.

Si conocieras al hombre invierno estoy segura de que querrías que te invitase a un coñac en su cabaña.

ABEJAS OBRERAS


La vida de la calle me asombra.
Todos afanados en sus quehaceres.
El hombre pasea a su perro.
El albañil taladra la calle.
La mujer va a la compra
con su bebé en el carrito.
El joven comenta:
-Qué frío del demonio.

Las abejas obreras se afanan en su colmena
fabricando con sus patitas
la miel que da de comer a sus hijos.
La abeja liba.
El pájaro construye un nido.
Tú me miras.
Esa labor ya es suficiente.
Tú y yo queremos ser los zánganos de esta colmena.