domingo, 2 de febrero de 2014

EL ETERNO RETORNO

“El hombre está condenado a cometer los mismos errores, una y otra vez”
Milan Kundera
Me entrego siempre como la primera vez. Y vuelvo a caer en los mismos errores. Y todo vuelve a suceder una y otra vez, en bucle. Esta vez se parece demasiado a aquella vez que…Esto me recuerda cuando…Igual que aquel día…Que malo es tener cicatrices y recuerdos. Qué maldición la de repetir una y otra vez las mismas situaciones. Otras personas, otros escenarios, yo, más mayor, pero todo igual. La eterna maldición. El eterno retorno. En el fondo, muy en el fondo hay una lucecita, un piloto encendido con una luz tenue, como el del coche cuando te avisa que se acaba la gasolina, esa lucecita insignificante dice: y si es ahora… porqué no ahora… y si esta vez es diferente…y si… y si…Maldita lucecita :-(


sábado, 25 de enero de 2014

NO PUDO SER!

Tú eras el huracán y yo la alta
torre que desafía su poder:
¡tenías que estrellarte o que abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén:
¡tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo: acostumbrados
uno a arrollar, el otro a no ceder;
la senda estrecha, inevitable el choque...
¡No pudo ser!

CERTIDUMBRES

Quiero y no quiero. Lo intento y desisto. Me esfuerzo y flaqueo. Es una lucha interna. Es el ying y el yan. Contradicciones. Muchas. Todas. Soy pura contradicción. Me gustaría tener claro algo. Ni siquiera sé si mi nombre responde a todo lo que soy. O responde a una que fue y ahora ya no es. O a una que es ahora pero nunca fue. Veo todo muy borroso. Mi miopía me dice que todo lo que creo mañana será mentira. Así que ya no me creo nada. Me he vuelto nihilista y no es fácil, créeme. La Tierra fue plana mucho tiempo y era una certidumbre. El aceite de oliva era malo hace unos años. La infanta Cristina y Urdangarin unos santos. Volar un sueño. La penicilina una casualidad y los albinos satánicos. Todo lo que uno cree es válido sólo un tiempo. Dame una certeza que sea imperecedera. 

CORTÁZAR

Caí en la cuenta de que era el centenario del nacimiento de Cortázar allí, en aquella extraña casa. ¿Cómo no lo había escuchado antes? ¿En qué estaría pensando? Es Cortázar. El mejor. Y ahora, un día después, caigo en la cuenta de otra cosa, para mi perplejidad. En aquel baño, entre ropa sucia, yacía en el suelo una novela de Benito Pérez Galdós. Y yo me pregunto si es una casualidad o si leo las señales o si veo gigantes donde sólo hay molinos. El caso es que en el capítulo treinta y cuatro de Rayuela (un capítulo nada común, un juego de Cortázar) dice: “Y las cosas que lee, una novela mal escrita…” y lo alterna con un capítulo de dicha novela de Galdós.  Y yo me pregunto si todo no me lleva a él. A Cortázar. Y si todos los capítulos de mi vida sólo son capítulos de Rayuela. Y dónde estará Horacio.

SENDA



Por una vez, lo que siempre soñé
hacer, prometerme
construir una senda,
que pueda recorrer...

DESPISTES

El autobús se toma las curvas con suavidad. Hay una fila de coches parados delante en un semáforo. Los miro detenidamente. Hay algo nuevo en ellos. Algo que descubro con extrañeza. ¿Será posible? Todos llevan unas luces en la parte alta de la parte de atrás. Una fina línea de luces. Están todas encendidas. Todas se apagan de golpe como si alguien le hubiera dado a un resorte. Me parecen unas luces extrañas, que nunca han estado ahí. Pero deben de haber estado siempre y yo no las había visto. Caigo en la cuenta de mi despiste. ¿Cómo no me habré dado cuenta antes? ¿Será posible? Cuantas cosas estarán ahí y yo soy incapaz de verlas. 

COMO UN MARTILLO EN LA PARED

“La historia se repite una y otra vez, como un martillo en la pared”.
Ya no duele. Dejó de doler hace mucho tiempo. Escuece, si acaso, pero dolor no. Ya no lloro, es como un vacío dentro, pero llorar, lo que se dice llorar, no. Las cerillas fueron apagándose una tras otra hasta que me quedé en una total oscuridad. En mi defensa puedo decir que no me gusta dormir sola. No es una excusa. Es mi debilidad dormir abrazada al calor de un cuerpo. Ya sé que no es una buena excusa. Pero disparaste antes, y la culpa es sólo mía. Fui yo la que te regaló el arma. Vuelvo a la calle de los gatos de los contenedores. Allí todo está en calma y nadie va armado.

“Vacía el cargador, una y otra vez, como un martillo en la pared”