sábado, 17 de marzo de 2018

A SOLAS CONTIGO


“Siempre fuiste mi espejo,
quiero decir que para verme tenía que mirarte”
Julio Cortázar

A SOLAS CONTIGO
Los espejos mienten
cuando te asomas
al precipicio de ti misma.
Los espejos también dicen la verdad
cuando resbalas una décima de segundo
al otro lado de tu yo.

No quiero verter líquidos opacos
sobre mis espejos.
A veces soy la malvada madrastra
y, cuando lo soy,
siento miedo.
Otras veces soy Alicia
atravesando el espejo.

Al borde del precipicio estás tú
y debajo del acantilado hay otra tú
que se cayó en otra vida
y resucita cada día.

A veces amas, hieres
y asolas la Tundra de la vieja Rusia.
Otras veces te amas, te hieres
y cierras con 7 candados tu palacio,
olvidando que también fuiste Blancanieves.

Y  buceas en ti misma
en la soledad más absoluta
y no te desagrada tu olor.
Tu clausura te hace conocer
rincones oscuros
y sabores a canela.

Cuando los espejos mienten
y dicen la verdad
y tu casa es una atracción de feria,
entonces,
a veces,
sólo a veces,
tú te sientes a salvo dentro de ti misma.

domingo, 11 de marzo de 2018

11032018

Cuando crees que conoces todas las respuestas,
llega el Universo y te cambia todas las preguntas. 
Jorge Francisco Pinto
Maestro

LA DANZA DEL ÚLTIMO VERSO


“Yo sólo creería en un Dios que supiera bailar”
Nietzsche

La danza comenzó al atardecer, cuando el último rayo de luz se precipitó al océano y las tinieblas la tomaron de la cintura. El mar estaba en calma, en esa calma que precede al tornado. El cielo se estremeció y se tiñó de sangre con la primera pirueta. El viento empezó a soplar suavemente. Ella saltaba con todas sus fuerzas y caía de nuevo dibujando en el aire un bello verso. El viento le hacía una y otra vez la misma pregunta y ella seguía danzando en silencio. Danzaba por encima de la noche y el día, danzaba con las estrellas y con la lluvia. Se lastimaba las puntas de los dedos de los pies pero no cedía en su empeño por responder la pregunta. Sabía que la respuesta la hallaría desafiando con la belleza de su danza las tinieblas que dormitaban en su interior. Caía de bruces contra el suelo y volvía a levantarse. La luna le aplaudía con cada giro y voltereta. Cuando mordía el polvo el viento rompía en una carcajada que resonaba hasta el infinito como un gemido hueco en sus oídos.

El viento ululaba “è un mondo difficile”,  las estrellas respondían “vita intensa”. Ella seguía danzando en silencio, desafiando las leyes de la gravedad y de los hombres. Trazaba una ecuación matemática con su movimiento volátil y efímero. Dibujaba piruetas en el aire, saltaba y se contorsionaba. La pregunta seguía intacta danzando en su mente como ella danzaba con el viento. La respuesta no llegaba y el Siroco jugaba con su pelo. No existía nada más que el huracán y ella. Estaban en el centro del universo. El único camino hacia la paz de su trémulo espíritu era seguir trazando piruetas y cabriolas en el aire. Era la danza de la vida con la muerte. No existía ni el tiempo ni el espacio.  Sólo esa macabra danza. Sólo la búsqueda de la respuesta.

El Dios Eolo se enfadó aún más,  asoló con su rabia el océano y la empujó de la cima al infierno susurrándole en la caída una y otra vez la misma pregunta.  Sus cabellos se enredaron y sus vestiduras terminaron de rasgarse mientras se desplomaba. Quedó desnuda  pero volvió a elevarse en el aire con sus volteretas, no cejando en su empeño por hallar la respuesta.  En la cúspide de sus fuerzas ella calculó la última pirueta, la más difícil. Saltó desafiando el Siroco que provenía del Sahara y en un breve segundo se concentró toda su vida. La luna le susurró “felicità, momento e futuro incerto”. Ella cayó en la cuenta. El universo se quedó en silencio y a Eolo no le quedó más remedio que dejar de soplar. En el tibio equilibrio que guarda la materia oscura ella dibujó en el aire la respuesta.  Cayó exhausta y convulsa sobre fino polvo de estrellas. Cansada y desnuda como vino al mundo se entregó al sueño eterno. Por fin podía descansar. Morfeo había venido para abrazarla y la macabra danza había terminado.

El último verso había terminado de dibujarse en el aire con la belleza y la sabiduría de la comunión con la naturaleza.  Las estrellas, el océano, la luna, la lluvia y hasta el mismo viento no tuvieron más opción que aplaudir.

SI SE SECASEN LAS PALABRAS


“Me da pena que se admire el valor en la batalla.
Menos mal que con los rifles no  se matan las palabras”
Extrechinato y tu

SI SE SECASEN LAS PALABRAS
Cuando las palabras se sequen
en la garganta del maestro,
¿qué nos quedará?
Ellos dicen:
-Yo no fui. La culpa es del otro, no mía.
Ellos buscan excusas,
miran fueran y no dentro.

En un mundo perfecto no me comparo con nadie
y los niños en el recreo almuerzan autocrítica.
En un mundo perfecto los maestros
podrían atrapar con las manos el aire.
En un mundo perfecto los niños
tratarían con respeto a sus maestros.
En un mundo perfecto los niños
venerarían las manos del alfarero que moldea la arcilla.

Qué sería del mundo si se callasen los maestros
y gritase la ignorancia.
Si se impusiese por la fuerza la tiranía de la oscuridad.
Qué sería del mundo
si nadie regase las flores de cactus.

Los maestros construyen con palabras
puentes hacia los niños.
Con palabras como
paciencia, paz, amor,
comprensión, empatía, asertividad.

Si se secan las palabras en la garganta del maestro
¿quién podrá salvarnos de la ignorancia?
¿quién guiará a las ovejas descarriadas?
¿quién le dará de beber al sediento de sabiduría?
Se abatirán sobre nosotros las tinieblas y la sinrazón.

Putos maestros,
gritan las paredes.
Y supura tristeza por los poros
de los hijos de un Dios menor.




sábado, 10 de febrero de 2018

UN AÑO LUZ


UN AÑO LUZ

“Sólo he visto una pequeña parte del mundo”
Amaral.

El niño calculó con dificultad los años que Fernández llevaba metido en un aula. Al niño le pareció mucho tiempo porque Fernández había empezado 23 años antes de su nacimiento. El tiempo en la infancia se mide de otra manera o eso, al menos, pensó Ella. Un lustro puede ser un año luz y,  según el niño,  la luz era absorbida por los agujeros negros o eso, al menos, a duras penas entendió Ella en palabras que se le trastabillaban al niño. Al pequeño le costó hacer la sustracción pero, en cambio, le fascinaba el universo y los agujeros negros que eran como cementerios de planetas.

Fernández había estado casi cuatro lustros con una tiza en la mano pero no había perdido el entusiasmo y le seguía produciendo vértigo ponerse delante de los pupitres. El reto y la gran obra continuaban. El libro aún tenía muchas páginas en blanco. Por eso Fernández cada mañana se despertaba cinco minutos antes de que sonase el reloj, como había hecho durante 36 años. Se enfundaba unos vaqueros como cuando tenía 25 años y desayunaba un café cortado con una pizca de leche y sin azúcar mientras se quedaba mirando fijamente al microondas preguntándose con qué ecuación se resolvería el mal en el mundo. Fernández aún no había asimilado la retirada de la palestra y, casi sin pensarlo, seguía dirigiendo sus pasos, mochila al hombro, por el mismo camino que había recorrido las últimas 9.720 mañanas de su vida. Y es que Fernández era una persona con los hábitos arraigados a su vida como el musgo se  aferra a las piedras orientadas al norte.

Al niño no le salían las cuentas y pensó que Fernández llevaba más de 100 años dando clase. El niño hubiera querido darle un abrazo a su maestro y si el niño se lo hubiera dicho le habría hecho una cosquilla en el alma a Fernández. Ella hubiera querido pedirle al niño que calculase todas las sonrisas que el maestro les había regalado a sus alumnos, los ánimos y el consuelo que les ofreció, la alegría y el entusiasmo que les contagiaba, la paciencia cultivada con esmero, las miles de tediosas horas corrigiendo, las largas charlas con los padres, los caramelos que usó como refuerzo positivo y los disgustos que Fernández se llevó en muchas ocasiones. Miles de niños que pasaron por sus manos uno a uno y a los que acompañó durante 58.320 horas de su vida. Ni el niño ni Fernández ni Ella hubieran podido calcularlo. Las matemáticas tienen su límite para ciertas cosas intangibles que no pueden medirse ni explicarse, por mucho que le pesase a Fernández.

El niño se estremeció ante el cálculo y Ella… a Ella lo que realmente le hubiera gustado decirle a Fernández antes de que se perdiese por la avenida de los cipreses, lo que no tuvo valor para decirle delante del café, es que la vida está llena de posibilidades y que nunca es tarde para emprender un camino nuevo o trazar una nueva ruta en el mapa de la vida y probar frutas exóticas que nunca has saboreado. Nunca es tarde para hacer un curso de submarinismo y descubrir lo que se esconde sobre la superficie. Nunca es tarde para escribir las memorias de toda una vida delante de la platea y dejar esa herencia a los que vendrán, hijos y tal vez nietos, para que sepan quién fue Fernández realmente. Nunca es tarde para aprender un idioma nuevo, sanscrito o swahili. Nunca es tarde para escalar el Everest y hacer amigos budistas en Nepal. Nunca es tarde para aprender a hacer un gazpacho con su punto exacto de ajo o para que se te llenen los ojos de agua leyendo un poema de Ángel González. Nunca es tarde para coger el avión que te saca del letargo y del sueño eterno, abrir bien los ojos y descubrir paraísos en la Tierra, que se agazapan en las cosas más sencillas. Los placeres mundanos para almas sencillas a los que se refería Oscar Wilde.

A Ella le hubiese gustado que Fernández cogiese la vida por las solapas pero Fernández era un hombre de férreos hábitos y llevaba la imagen del niño impregnada en la retina. Fernández seguiría resolviendo integrales infinitesimales, cuidaría el jardín del que hablaba Voltaire y se seguiría despertando cinco minutos antes de que sonase el reloj; tomaría el mismo camino todas las mañana, mantendría a salvo a sus hijos y no dejaría de preguntarse mientras miraba fijamente el microondas: ¿Qué coño pinto yo en Nepal?

DIOS DE LA LLUVIA


“Le dije que a la noche
por los poros me salían mares”
Marea

DIOS DE LA LLUVIA
Hoy no abrí las ventanas de par en par,
ni tan siquiera dejé entrar el sol por las rendijas.
El mar lo asoló todo.
El mar y tu mirada
exterminaron  las margaritas.
Se acabó la miel y la leche
y en el frigorífico sólo quedaba
escarcha y latas sin etiquetar.

Si sólo hubiera sido un poquito menos ingenua
ahora no habría humedad
supurando por las paredes
ni al sol le costaría tanto entrar por las rendijas.

Qué quedó después del paso del tsunami,
me pregunto.
Para qué sirve que suba tanto la marea
y arrase tu casa, tus cajitas de música
y tu colección de plumas,
 me pregunto.

¿Puedes convertir la escarcha
de tu frigorífico en algo cálido?
Tus poderes no sirven para traer el ayer aquí
ni para que dejen de fabricar armas.
Tus poderes no sirven para anegar
toda esta tristeza con el agua que mana del cielo.

Poderes de pacotilla,
Dios de la lluvia.



AHORA


“Ahora traes la lluvia
y aunque ya no tenga edad,
me desvisto en la tormenta,
grito tu nombre en la calle”.
Ismael Serrano

AHORA
Ahora,
que conseguí desnudar mis dudas
y amordazar todas mis penas.
Ahora,
que dejó de congelarse el júbilo
y el invierno pasó de largo.

Ahora,
que construí una fortaleza
cuyo soberano era el entusiasmo.
Ahora,
que dirigiste tus pasos hacia el mar
y encerré todos mis fantasmas en las mazmorras.

Ahora,
que empezaba a hacer amigos en esta cárcel
y vuestra condena al ostracismo dejó de importarme.
Ahora,
que dejé de soñar con gusanos
y conseguí pronunciar mi nombre.

Ahora,
que con tanto esfuerzo,
dejé de dormir con la luz encendida
y me olvidé de vomitar monstruos.
Ahora,
que la desidia tomaba otro camino
y el dolor era un sueño lejano
y tú me enseñabas las constelaciones una por una.

Ahora,
que me vestía de domingo todos los días
y tú me hacías una oferta irrechazable.
Ahora,
que las noches eran eternas
y empezaba a dominar el gíglico.

Ahora,
que tomábamos duchas bajo las farolas
y los botones cedían,
y no me importaba que hubiera manchas,
y el sol me pedía permiso para salir.

Ahora,
sí,
precisamente ahora…
tengo que abandonar mi fortaleza
y mudarme a otro planeta
donde las leyes de la gravedad
no obedecen a los hombres.