"Uno solo tiene aquello que no puede perder en un naufragio"
Proverbio indio
(de la charla BBVA de Francesc Miralles)
Bienvenidos a esta humilde morada. Aquí encontrareis poesía, cuentos, citas, reflexiones y pensamientos de Teresa Lao y de otros autores, interesantes para la Maga. Adelante...te estábamos esperando...
"Uno solo tiene aquello que no puede perder en un naufragio"
Proverbio indio
(de la charla BBVA de Francesc Miralles)
¿Qué pasará?
Cuando ya no sea suficiente
la tersura de mi cuello,
la línea que separa tu calidez
de los confines del universo.
¿Qué pasará?
Cuando no te baste la punta de mi lengua
trepando por la desnudez de tu cuerpo.
Cuando ya no vaguemos
por el mundo que hay más allá de la piel.
¿Qué pasará?
Cuando la desnudez ya no nos sorprenda.
Cuando pase de largo el deseo
y te conviertas en recuerdo en ruinas.
La vida pasará sin avisar,
la miraremos a lo lejos
como el ocaso
y ya no nos vestiremos de domingo cada día y dormiremos el eterno y efímero
sueño de Morfeo.
Llevo mil lunas esperándolo. Estoy sentada en la arena de una playa en
el Mar Báltico. Estoy dentro de tres círculos. El primer círculo es de
arena y estoy dentro de él. Será una señal para él. El segundo círculo
en el que estoy es la línea exacta por la que pasa el círculo polar
ártico. Me costó muchas vidas encontrarlo pero ahora estoy aquí y es lo
único que importa.
Ahora soy una mujer pero antes fui un animal.
Creo que uno de los lobos de Laponia. Creo que él era de mi tribu. Pero
ahora eso ya da igual. Lo único que hago es esperar que salga del
horizonte una silueta. Y aullo de vez en cuando. Un aullido que no oye
nadie porque estoy sola a 17 kilómetros a la redonda. Suelto mi aullido
desgarrador como el de una loba herida por una trampa mortal de los
cazadores y luego suspiro. El aullido interrumpe el sonido de las olas
estrellándose contra mi alma. El aullido y el círculo se lo pondrá más
fácil. Sé que no tardará mucho. Está a punto de llegar. Lo sé cuando
miro la luna brillar arriba en el cielo. Esta era la luna correcta. Eso
era otra señal. Él también lo sabe y le ayuda a encontrar el camino. Sé
que él seguirá las pistas a ciegas. El sonido del mar me arrulla. Me da
fuerzas para continuar esperando. Mis oídos escuchan el sonido sinuoso y
repetitivo del mar lamiendo la arena de la playa. Me relajo e intento
ser paciente. Todo lo paciente que puedo.
Sé que llegará desnudo
como un animal y con el alma rota. Él también es un lobo herido. O lo
fue en nuestra vida pasada. Era de mi manada y sé que él también me está
buscando. La playa está desierta y no sé si hasta aquí ha llegado algún
humano. Está muy cambiada desde que estuve aquí con mi manada. Yo
también estoy desnuda como una loba. Esperando que lleguen las señales
al cosmos que todo lo puede.
Del tercer círculo me cuesta hablar.
Ese círculo ha estado en mi vida como un hechizo desde hace 23 años.
Cometí un error y tuve que pagarlo todo ese tiempo. Nada queda impune.
Todo se paga en esta vida. La rueda del karma no detiene su paso. Nunca
olvida. Por eso llevo mil lunas esperando a mi lobo. Mil lunas y 23
años. Puedo esperar unos minutos más, sin duda. Esta noche se paraba la
rueda a la altura del círculo polar ártico. Se deshacía el conjuro. El
día señalado era hoy para que se abriera por fin el círculo del
maleficio. Estoy esperando que él cruce el círculo que he dibujado en la
arena. Se ponga en frente de mí sin decir una palabra. Yo me levantaré
muy despacio y nos quedaremos mirando unos minutos eternos para poder
reconocernos. Esta es nuestra última vida. Ya hemos pagado todas las
deudas los dos y hemos recorrido la rueda de la vida. Esta es mi última
vida y quiero pasarla con él.Se acercará despacio al círculo y lo
cruzará. Se apartará el pelo de la cara. Llevará barba y me ofrecerá la
mano después de mirarnos fijamente durante minutos. Deshará el estúpido
conjuro que me ha tenido atrapada en mi cuerpo de loba herida durante 23
años.
Me fijo en el cielo y me sorprenden unas luces de colores
como ráfagas que cruzan el firmamento. Es la preciosa aurora boreal.
Aullo con fuerza de nuevo. Es el momento. Está escrito. Me ha parecido
ver una sombra saliendo del mar.
-Ya hemos cruzado los tres círculos de la vida. Nos espera la eternidad, amor. - susurro con una voz apenas audible.
Eras un pájaro. Tenías alas. Eso ya era suficiente para amarte. Te
caíste del nido porque eras muy curioso y querías ver lo que te ofrecía
el mundo antes de saber volar. Pisaste en falso, vencejillo. Como todos a
veces. Como los tontos humanos. Quisimos salvarte pero tu destino
estaba ya escrito por una mano todopoderosa más grande que las nuestras.
Me pregunto si hay un cielo para los pájaros. Un cielo amplio y muy
azul como el que tú hubieras surcado pero otro cielo. ¿Los que viven en
el cielo van al cielo cuando mueren? El cielo te protegerá para siempre.
Con tus patitas y tus uñitas recién estrenadas. Con tu plumaje aún
tierno.
Alza el vuelo vencejillo. Ahora puedes. Ahora eres libre
por fin de la vulnerabilidad de los que están vivos. San Pedro te abre
las puertas a la eternidad. Seguro que vuelas a la derecha de Jesús.
Nosotros algún día volaremos también contigo. Hasta ese día contemplar
el cielo cubierto de pajarillos libres como tú será un placer. Estoy
segura que en la Tierra hay un vencejo menos y en el cielo una estrella
más.
Hasta luego vencejillo. Buen viaje.
No soy nada.
No puedo querer ser nada.
Nunca seré nada.
Aparte de eso tengo en mí todos los sueños del mundo.
Fernando Pessoa
AMANECER EN LOS TEJADOS DE OHANES
Me da miedo que se abalance sobre mí la madrugada cuando lo entregue todo.
Me da miedo despertar desnuda y no tener un cuerpo al que abrazarme.
La luz de las velas se refleja en sus ojos y sus pupilas brillan.
Me da miedo que se agazape la noche y me pille temblando de frío.
Me da miedo que todo el mundo duerma y yo esté despierta.
Me dispara el amanecer sus balas de fogueo y el impacto da de lleno en mi trémulo corazón.
Se me parte el alma en dos cuando amanece sobre los tejados de ohanes.
Me hiere la fina línea que separa
el frio del calor,
la noche del día,
el temblor de la caricia,
las raíces de los besos.
Me da miedo
empezar de cero,
volver a fracasar,
pasar de largo,
encontrar todos los semáforos en rojo.
2 huevos duros,
7 besos antes de cenar,
trocitos de queso,
la tersura de tu cuello,
un cogollo de lechuga,
tu piel tibia,
unos granos de maíz,
tus manos en mi cintura,
dos tomates negros,
tus ojos al punto de sal,
una cucharadita de sésamo,
tus labios sensuales pidiendo los míos,
un chorreón de aceite de los olivos de mi padre,
cuarenta millones de orgasmos después de cenar.
Tenia
los ojos más tristes del mundo. Cuando me miraba sabía que había dejado
mucho atrás, que su pasado le perseguía. Nunca le pregunté nada ni me
atreví a buscar respuestas en su cartera. Me miraba y sentía que el
mundo se hundía bajo mis pies. Cuando hacíamos el amor lo miraba a la
cara y me entraban ganas de llorar. Mi empatía con aquellos ojos verde
marihuana hacia agua mi alma y me rompía en pedazos. Él siempre me
desnudaba muy muy despacio y tenía la piel fina y suave como el papel de
fumar. Su ternura se derramaba sobre mis labios, me desarmaba y me
hacía resbalar sobre su cuerpo en las madrugadas infinitas. Sus besos
sabían a fruta silvestre madurada al sol. Su pelo lacio y abundante se
enredaba entre las sábanas y yo lo peinaba con mis dedos. Cuando le daba
el sol tenía mechones rubios o canosos según le diesen los rayos de
sol.
No le gustaba salir de casa. Nunca fuimos juntos a ningún
bar. Creo que temía que nos encontrásemos a alguien que formase parte de
su oscuro pasado. Ese pasado turbulento que guardaba celosamente en las
diminutas vetas y partículas de sus inmensos ojos verde marihuana. Él
contenía en su mirada todas las preguntas. A mí no me importaba no tener
las respuestas. La incertidumbre era mi patria.
Tenía los ojos
más tristes del mundo. Me dolía su mirada. Supe que algún día partiría,
que era nómada de un desierto que yo desconocía. No quise retenerlo. Me
desperté desnuda y no estaba en la cama. Me quedé flotando en la
superficie de la luna. Sin gravedad. Sin oxígeno. Busqué una pista o una
nota. Había dejado en la mesita de noche tres cigarros y un cogollo de
marihuana. Supe que no volvería. Supongo que sus heridas eran muy
profundas para una piel tan fina y suave. Tenía metralla en el corazón.
El mundo era demasiado despiadado para una piel transparente y frágil
como el cristal de bohemia. Creí que podía salvarlo. Creí que el
universo estaba de nuestra parte pero los desiertos del alma y la
metralla del corazón pueden arrancar la hierba que crece bajo mis pies.
Aún
sueño que lo miro fijamente a la cara cuando hacemos el amor y le
acaricio su piel tersa y cálida como el terciopelo. Me despierto con
lágrimas en los ojos, el corazón latiendo fuerte y sus tristes ojos
verde marihuana congelados en mi retina.