domingo, 18 de noviembre de 2018

LA FRAGILIDAD DE LA FELICIDAD


Imagínate por un momento un jarrón de porcelana china entre los dedos torpes de un niño. Tardaría unos instantes en hacerse añicos. Así es a veces la felicidad. Frágil. Muy frágil. Como reza el letrero en una de esas cajas que contiene cristal de Murano.

Es un día perfecto con el cielo azul de una postal, con el sol centelleando allá en el cielo y a la tarde unas tímidas nubes empiezan a aparecer. Antes de darte cuenta las nubes se convierten en nubarrones oscuros y una gran tormenta se presenta sin previo aviso. Así es nuestra felicidad. Amanece perfecto el día, todo son muestras afables, un día de helado de chocolate y caramelo de miel. Un día de jardín de infancia, pelota y risa incontenible. Un día de cuento y de polaroid, de felicidad fotogénica, de peli de final feliz. Y en un momento llega la palabra agria, mal dicha o mal entendida, con o sin intención. Llega la mirada airada o una llamada inesperada con malas noticias. Y la fragilidad de tu felicidad se hace carne y se presenta en tu casa vestida de luto para hacer añicos la alegría. Y olvidas la foto polaroid en el cajón de la cómoda y la pelota en el jardín de infancia y el sabor a caramelo de miel en tu boca. 

Si tu felicidad es de estas características has dejado un jarrón chino muy caro en manos de un niño de tres años. Haz que tu felicidad sea fuerte como un roble y flexible como un junco para que no se rompa, centrándote en tus momentos felices y olvidando la hiel y el sabor amargo o la mirada agria. La felicidad es breve y fugaz, algo efímera. No se deja atrapar ni fotografiar. Atesora tus momentos felices y guárdalos en una pequeña caja de madera de ébano con incrustaciones de nácar. Y, por favor, no pongas los jarrones de porcelana china al alcance de los niños.

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