sábado, 19 de abril de 2014

PEQUEÑOS DELITOS

Hay un placer mundano en hacer algo prohibido. Dicen por ahí que lo lícito no me es grato y lo prohibido excita mi deseo. Hay algo provocador y atrayente en hacer algo prohibido. Como cuando éramos niños y cogíamos una silla para alcanzar las golosinas del estante más alto, a escondidas. Todos los adultos fuimos niños y quizá nos quede remanente ese sentimiento de ser furtivos. Es excitante fumarse un cigarro en un sitio en el que está prohibido. Es electrizante colarse en una fiesta privada, echar fotos donde está prohibido, bailar donde no se puede o no está bien visto. Cruzar con el semáforo en rojo. Meter cervezas de un pub en otro ante la inocente pasividad del portero, ajeno a nuestra travesura. Enseñar la tarjeta de estudiante para que te hagan descuento para entrar en  los museos, cuando hace ya mucho que no eres estudiante de ninguna universidad. Bañarte en la piscina comunitaria cuando no hay nadie, a altas horas de la madrugada. Hay un placer clandestino en hacer esas inocentes travesuras. Quizá haya una explicación científica para esto. Para casi todo lo hay. Quizá sea la adrenalina. La culpa de todo no la tiene Yoko Ono. La tienen las hormonas. 

lunes, 14 de abril de 2014

MILAGROS

Decía Einstein (un tío muy listo, físico, y para mí también filósofo), pues bien, decía: “Hay dos maneras de vivir la vida: como si todo fuese un milagro o como si nada fuese un milagro”. Y esta pequeña frase encierra mucha sabiduría. Todos los filósofos desde hace dos mil años hablan de la felicidad. Desde Epicuro hasta John Lennon. A todos les preocupa lo mismo. ¿Qué otra cosa le puede importar al hombre? A mí me obsesiona el tema desde siempre. He leído millones de libros de autoayuda, psicología y filosofía. He observado con fruición a todas las personas que son felices (para aprender de ellas) y a las que no lo son (para no ser como ellas). He investigado sobre el tema en cuestión porque me parece fascinante. Y he sacado mis propias conclusiones. No sé si ciertas o no. A mí me sirven. Cuando uno vive la vida como un milagro, cuando uno piensa que es un milagro el café con leche de por la mañana, las cosas se viven diferentes. Porque es un milagro una comida sabrosa, un paseo en bici, la sonrisa cómplice de tu sobrino. Es un milagro una conversación interesante, el beso de buenas noches a tu padre. Es un milagro la luna llena una vez cada veintiocho días. Es un milagro poder bailar. Es un milagro escuchar una canción que te hace vibrar de emoción. Es un milagro tu pijama y tu camita cuando estás tan casada. Es un milagro disfrutar de tu actor favorito en una película, tomarte una cerveza con tus amigos. Es un milagro recibir una sorpresa o un regalo. Es un milagro que la Tierra de una vuelta cada día. Es un milagro que el sol salga todos los días. Es un milagro abrir los ojos por la mañana y saber que sigues vivo. Yo no dudo ni por un momento que es un milagro. Y quien sepa apreciar estas pequeñas cosas será feliz. Porque eso es la vida, pequeños momentos que saborear, pequeñas gustos que te sabes dar diariamente. Nada más. No espero ningún milagro porque el milagro sucede cada día. Eso es la felicidad. Por lo menos para mí. 

miércoles, 9 de abril de 2014

EL BAJO

Vivo en un bajo con los consecuentes inconvenientes que eso acarrea. Han robado varias veces. De una manera cutre. Nada de bandas organizadas de rumanos que asaltan chalés de lujo. Que va. Mi casa es de lo más humilde. Casi no hay cosas de valor. Ni la tele es de pantalla plana. Los muebles tienen mil años. Los cuadros son de los chinos. Baratijas. Mi ordenador tiene siete años y el ventilador hace el mismo ruido que un avión cuando va a despegar. Nada de valor, ya te digo. Pero aún así han intentado robar varias veces. Ladrones de lo más vulgar. Gente que pasa por la calle, ve una ventana abierta y mira dentro a ver si hay algo de valor. Ladrones de poca monta. Los abogados lo llaman hurto; yo, que tengo una prodigiosa moral, lo llamo robar. Enamorarse de lo ajeno. Tengo que tener mucho cuidado en no dejar cosas cerca de la ventana, que es donde está el escritorio. Pero aún así no me fio. Como fumo tengo que ventilar la habitación y eso conlleva dejar la ventana abierta cuando no estoy. Una rejilla. Ya sé que hay rejas pero y si…
                De camino a comprar el pan me asalta la duda. Y si ellos, los que se enamoran de lo ajeno, suben la persiana un poco, lo justo para meter algún objeto largo, un palo o un alambre, y valiéndose de él intentan pescar mis humildes pertenencias. Mis gafas de sol que me regalaron con una revista, mi móvil, o el portátil. O lo que es aún peor, y si me roban el último libro de Murakami que me estoy leyendo y está en la mesita, y ya nunca sabré como termina. Qué horror. Veo las imágenes del hurto en mi casa tan nítidas que creo que ha sucedido en alguna película que he visto. Pero sólo ha sucedido en mi imaginación. O no.
                Me ha entrado el pavor. Me vuelvo a medio camino, sin llegar a la panadería. No puedo andar ni un centímetro más alejándome de mi casa. Lo primero que hago es ir directamente a la ventana para asegurarme de pillarlos infraganti. Pero sólo hay unos niños jugando cerca de la ventana con un balón. Inocentemente y ajenos a mis malos presagios. Entro en la habitación. Todo está en su sitio. Respiro aliviada. Mi paz dura poco. Oigo un grito. Debe ser mi compañera de piso. Me acerco corriendo a su habitación. Está muy alterada. Cabrones, repite una y otra vez. A mí no me han robado pero a ella sí. Un cargador que vale cinco euros, una crema de manos del Mercadona, euro y medio el bote, y un pen drive que valdrá cuatro euros. Total del valor en euros que han sustraído: diez euros y medio. Arriesgarse para eso.

                Pienso en otras desventajas de vivir en un bajo, como las humedades de las paredes, la poca luz, o la falta de intimidad y empiezo a pensar que quizá debería mudarme a un piso más alto donde no tenga esos inconvenientes. Pero, de alguna manera, me siento unida a ese piso. A los rezumaderos de sus paredes, a sus oscuras cortinas, a tener todo el día la luz encendida. Algo sobrenatural y todopoderoso me obliga a seguir en él, sufriendo esas calamidades. Algo que escapa a mi razonamiento lógico, a mis entendederas. Como si alguien me hubiese embrujado. Como si ese piso tuviese vida propia y quisiera atraparme. De pronto, me pregunto si tendrán algo que ver los niños que juegan inocentemente al balón.