domingo, 21 de febrero de 2021

EL POTRO DE VALLECAS

 “Habría sido insufrible ver a ese pedazo de cachas haciéndole el boca a boca”, pensó la gente en aquellos momentos. “Músculos de acero” le apodaban en Vallecas. Pero, como pasa a veces, no hay que fiarse de las apariencias. Ese fornido cuerpo escondía un alma sensible. Lloró en silencio y en la más absoluta intimidad viendo “Qué bello es vivir”. Devoró las obras completas de Bécquer. Una profunda melancolía lo embargaba escuchando fados. Cuando aquella chica se desplomó en la parada de metro Tirso de Molina, no se lo pensó dos veces. Por suerte, la chica volvió en sí antes de comenzar la reanimación cardiopulmonar. Y la gente cavilando: “Más biblioteca y menos gimnasio”.

BUENA SUERTE. MALA SUERTE. ¿QUIÉN LO SABE?

Cómo íbamos a imaginarnos que no sabía nadar. Se había tirado en paracaídas. Había hecho puenting. Todas las Navidades a Navacerrada a hacer snowboard. Escalada libre y parapente los fines de semana. “Un enganchao a la adrenalina”, decía su mejor amigo. “Me tiene en un sinvivir”, afirmaba su sufrida madre.  Ni un rasguño. ¿Suerte quizás? La suerte a veces mira hacia otro lado. Un crucero de lujo. Ya ves, el sueño de cualquiera. Él allí, en el borde de la piscina, con su caipiriña. “Una broma con final dramático”, explicaba el periódico. “Qué muerte tan absurda. Ahogarse en la piscina de un barco”, se comentó en su barrio.     

POR LOS AIRES

 Su marido era insufrible. Adelaida me lo contaba todo. Que si a esto lo llamas tú comida. Vaya asquerosidad. Que si no dices más que tonterías. Nadie te soporta. Te vas a quedar sola. Soy yo el que trae  el dinero a casa. No haces una a derechas. Inútil. Más te valdría no haber nacido. Llorando lo arreglas todo. Pero Adelaida tenía un plan. Era su secreto. A mí sí me lo confesó. Contaba los días. Ese no vuelve a ponerme un dedo encima. En eso lleva razón. Sola estaré mejor. Qué bonito será verlo todo por los aires, solía decirme.    

EL SENTIDO DE TU EXISTENCIA

Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce el hombre cuelga en el armario el uniforme impoluto. No ha reparado en ti. Hace mucho que no lo hace. Viene de una guerra lejana pero aprendió contigo los misterios de una buena maniobra. De eso estás muy orgulloso aunque ahora ocupes el estante con más polvo. La vieja casa está en silencio. Tú ya no esperas nada pero te alegra verlo volver sano y salvo. De pronto una algarabía llega a tus oídos de bronce. Alguien te agarra fuerte de las piernas. Vuelve a tener sentido tu existencia, después de tantos años.

MANIOBRAS PARA UNA VIDA ADULTA

Mientras chirrían tus arrugadas costuras de bronce te preguntas cuándo fue la última vez que te cogió entre sus manitas. Él que, hasta hace poco fue un niño, ha desplazado sus viejos juguetes al fondo del armario. Allí estás tú. Inservible. Inútil. Viejo. Oxidado. Tu época dorada ya pasó. Cuesta aceptar que todo acaba, que tu cometido ha tocado fin, que tu lugar ahora es el fondo del armario, que él cambió su balón por gasolina. Ahora le toca emprender una guerra interna. Aprendió contigo todo sobre una buena maniobra. Te preguntas si se acostumbrará al mundo de los adultos.