sábado, 15 de septiembre de 2018

LA MIRADA DE LA INOCENCIA


Cuando amonestaba a un niño la mayor parte de las veces bajaban la mirada. No se atrevían a mirarme a los ojos. Me di cuenta que siempre era así. Creo que esa cercanía cara a cara los hacía vulnerables y el gallito arropado por la manada se convertía en un corderito.

Pero Él no actuó así. A Él lo cogí a solas como hacía con los demás. Le puse los puntos sobre las íes con voz serena y firme y con toda la asertividad de la que era capaz. Él me miró en silencio. Me sostuvo la mirada durante no sé cuánto tiempo. Segundos, minutos, no lo sé. Se me hizo eterno. Me miraba con esa mirada limpia que sólo tienen los niños. Me quedé abrumada y perpleja. Me miró y yo penetré en sus ojos como en el agujero negro que hay en el centro de la Vía Lactea. No me digas porqué pensé eso pero sus ojos estaban gritando y juzgándome a la vez. Era una mirada tan llena de inocencia y calma que me hizo temblar. Sus ojos me suplicaban y me perdonaban la vida tras el juicio.

Creo que esa mirada me salvó aquel día de un mal augurio o de mi propia muerte. Sus ojos eran mis mismos ojos veintitrés años atrás. Cuando lo descubrí un escalofrío recorrió mi espalda.

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