sábado, 21 de enero de 2017

SOMBRAS

Nochevieja. Ponte en situación. Más  o menos lo de siempre. Comer hasta reventar. Licores. Bebidas espirituosas. Tacones de vértigo. Lentejuelas. Gente con ganas de divertirse. Vamos, lo de siempre. Todo el mundo amigo de todo el mundo.  Fuera diferencias. ¡Qué coño! ¡Estamos en Navidad! Se palpa en el ambiente la paz y el amor. El frío sigue esperándonos fuera pero entramos en calor con los besos, los gin tonic y los mazapanes. Todos olvidamos los cristales rotos de nuestras vidas. Una especie de algarabía contagiosa como una epidemia lo tiñe todo.

Todos en la misma onda. Pero en aquel local vi una sombra. Se movía entre nosotros pero nadie reparaba en él. Era total y absolutamente transparente. Recogía vasos. Limpiaba nuestros vómitos. Fregaba los baños. Cargaba las cajas de bebida. Se movía sigilosamente. No tenía jefe. Nadie lo mandaba hacer lo que hacía. Lo hacía lisa y llanamente porque le apetecía. Porque esa Nochevieja no tenía nada mejor que hacer ni amigos con los que celebrar nada. Supongo que no se integraba porque en su cabeza había otra cosa. Algo que ninguno podíamos descifrar ni entender. Algo inasible e inexpugnable como el mismo universo.

Me pregunté con quién habría cenado. Seguramente solo. Me pregunté si necesitaría que alguien lo escuchase o que alguien brindase con él. Me pregunté qué habría en su cabeza, por qué no funcionaba como el resto de las cabezas que había allí. Me pregunté si tendría amigos. No puedo imaginar mi vida sin amigos y supuse que sería una especie de infierno al que acabas por acostumbrarte. Supongo que algunos se creerán superiores a él porque su cabeza no es una gran lavadora que lo centrifuga todo como la de Jesús.  Me pregunto quiénes son los locos y quiénes los cuerdos en esta sociedad. Para mí que el mundo está enfermo de un exceso de cordura. Me pregunté si él no sería uno de esos bienaventurados de los que hablaba Jesucristo. Y si el reino de los cielos le pertenecería. Yo lo observaba y algo se me quebró en el alma.


Me acerqué y le dije lo que Matt me dice cada mañana cuando me levanto. Lo que yo a veces necesito tanto oír. Solamente le dije: — Jesús, ¿estás bien?

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