sábado, 3 de diciembre de 2016

DE HABERLO SABIDO

La primera vez que a vi a J llegaba de un largo viaje y  arrastraba pesadas maletas llenas de pasado. Eso no me importó mucho, de todas formas yo tenía el cuerpo cosido de cicatrices invisibles. J hizo como que no veía las cicatrices y yo subí las maletas al altillo e hice como que me olvidaba que existían. Luego vinieron sus monstruos internos y mis eternas pesadillas. En la espesura de la noche todo empeoraba. Ni su ron con coca cola ni mis sempiternos cigarrillos pudieron evitar la catástrofe. Las paredes del dormitorio destilaban carmín rojo y en el baño había pelos por todos lados.

El día que J me dijo adiós y se subió a su Volkswagen azul oscuro casi negro no le pude ver los ojos, ocultos tras sus gafas de sol, a pesar de que estaba nublado. Dijo en voz baja y como para él mismo:
-Si me subo a ese coche no vuelvo nunca más.

Mi cara se quedó color ocre, como la tapicería de cuero del Volkswagen de J y no supe que decir. Quería decirle que no quedaba un puto sitio en mi cuerpo para más cicatrices, que me habían recomendado unas pastillas para las pesadillas, que sus monstruos nos los podíamos almorzar con una buena boloñesa y que quedaba un poco de hielo en el congelador para hablarlo todo delante de un ron. Pero no me salieron las palabras, me pasa a veces, que se me cuelan las palabras tan adentro que acaban por pudrirse en el fondo de mi garganta.

J me miró por última vez, como esperando una respuesta, yo sólo veía mis ojos reflejados en las lentes de espejo de sus gafas de sol. Escupió a un lado y dijo:
-De haberlo sabido…


Dejó la frase sin terminar, suspendida en el aire como una araña. 

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